El próximo lunes (18 de Diciembre) será el Día Internacional del Migrante. En ese contexto traemos este mes a nuestra sección “Sin Periferias” precisamente la migración. Este ámbito representa hoy en día una parte muy importante de las personas que se sienten “periferia”. Y posiblemente todos tenemos algo que ver con que sea así. Os voy a contar algo de mi historia que, de alguna manera, lo ilustra.

Yo llevo en España 17 años. Tengo una hermosa familia aunque vive en Senegal (mi esposa Helena, mis tres hijos: Emmanuel, Juanjo y Cris, y el resto -madre, hermanos, sobrinos, etc-, que ya sabéis que en nuestra cultura son muy importantes). Hoy, me siento parte en igualdad de condiciones de la sociedad española, acogido, integrado, con amigos, trabajo… y me siento muy afortunado por todo ello. Sobre todo al ver la injusticia con la que viven muchas otras personas que migran en nuestro mundo y a quienes la sociedad no se lo pone fácil.

Pero el caso es que no siempre me he sentido así. Os cuento una anécdota.

Cuando llegué a Granada en el año 2000, me dediqué unos meses a la venta ambulante. Me ponía con una mesita en el Paseo de la Virgen de las Angustias, patrona de la ciudad. Y tenía costumbre de acudir a misa siempre antes de ponerme a vender. No sabía hablar casi nada español, pero sí lo entendía bastante. Venía de vivir en Portugal unos dos años y, tanto el portugués como el francés que hablamos en mi país (Senegal es una excolonia francesa y el francés es lengua oficial), también son lenguas latinas y tienen cosas parecidas.

El caso es que una vez en misa oí a dos mujeres hablando. No paraban de mirarme y decían algo así como “este chico negro seguro que se escode aquí para huir de la policía, porque siempre están vendiendo mercancías ilegales en la calle”... Yo les entendí. Pero no dije nada.

Lo peor fue que, tras el Padre Nuestro, en el momento de la paz no quisieron dármela.

Ese instante me hizo sentir realmente PERIFERIA. Habiéndome criado en el seno de una familia cristiana no podía entender esa actitud. Pero, en el mismo momento, sí se me acercó una abuelita que  estaba bastante retirada de donde yo estaba sentado y me dio un abrazo. Uno de esos abrazos que te emocionan y que me hicieron sentir el abrazo de la madre Iglesia. 

Aquel día salí de las Angustias con sentimientos muy encontrados. 

También aprendí que todos tenemos en nuestras manos encerrar o liberar a nuestros semejantes de las periferias en las que los catalogamos.

Hoy, como digo, mi situación ha cambiado. Le doy  muchas gracias a Dios por ello. Pero son muchas las personas migrantes que se sienten excluídas por ser de otro país, raza.. por prejuicios, rumores, etc. Y es algo radicalmente injusto. Más aún desde la óptica creyente donde sabemos que todas las personas -además tener los mismos derechos y deberes- somos iguales en dignidad por ser todos hijos de Dios. Y desde ahí… las cosas deben cambiar. 

Agustín Ndour.

¿Qué haces tú, o tu grupo, tu comunidad, tu familia… por transformar la situación de periferia de tantas personas migrantes… de las que tú mismo/a podrías formar parte si no lo has hecho ya alguna vez?
En la próxima publicación precisamente alguien nos iluminará sobre todo ello. 

Gracias por leerme. Y por pensar, trabajar, orar.. por la integración plena de las personas migrantes.

 

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