Existe un dogma que impera en la vida contemporánea: Si quieres ser feliz, consume. El consumo es el hermano mayor del exceso. Un invencible virus de insatisfacción nos fuerza a procurarnos cada vez de más productos. No basta un automóvil; debe ser de marca. Siempre son insuficientes las prendas de nuestros armarios y roperos. Se multiplican nuestros aparatos electrónicos, que deben ser de última generación. Lo que no tengo, lo necesito urgentísimamente. No hay que negar ningún capricho a nuestros menores, que ya pasamos nosotros por ello… y así sucesivamente.

Si algún dogma vivimos y practicamos es éste: consume. El consumo no es que dé la felicidad, es que él mismo «es» la felicidad. En disfrutarlo muchos invierten la mayor parte de sus sueños. A él se subordinan todos los valores, incluso por parte de quienes se atreven a predicar las terribles malaventuranzas que Jesús dijo contra los ricos.

Sin embargo, la sabiduría de la vida habla otro lenguaje. El verdadero artista actúa como el escultor, que quita y no añade. Del bloque de piedra elimina todo lo que es inútil para sacar a la luz la estatua o la pieza que está escondida en ella.

No tendríamos que hacer prevalecer la cantidad, sino la cualidad; no son los envoltorios sino el regalo interior lo que da valor a una relación; lo que enseña no es la erudición sino la sabiduría que guía e ilumina.

Hemos de recuperar entre todos la finura de la discreción, el gusto por la austeridad, la dignidad del comedimiento, la nobleza de la templanza, la belleza de la pobreza. El poeta Rabindranat Tagore rogaba a Dios que no le dejara perderse “entre los rascacielos de las cosas inútiles”, olvidando el camino de casa.  Pedía ayuda a lo alto porque el corazón tiene sus cárceles que la inteligencia no abre.

Juan Carlos Martos, cmf

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