Coincidiendo con el día de los Santos Inocentes publicamos este artículo. Quizá no haya mejor enmarque. Porque sin duda inocentes son todas aquellas personas migrantes y refugiadas que se sienten excluídas o en la periferia de nuestro mundo. Ya hace un par de semanas yo mismo os contaba algo de mi historia como persona migrante y de algunas cosas que he vivido como tal en España. Ahora le damos la palabra a Manuel Velázquez, sacerdote Delegado de Migraciones de la Archidióceis de Granada -y gran amigo mío- para que nos ilumine y nos ofrezca pautas para luchar contra esa concepción (los migrantes/refugiados como periferia) que tanto daño y sufrimiento está causando. 

En su escrito Manolo hace referencia a la carta del Papa Francisco para la Jornada Mundial de los Migrantes y Refugiados que se celebrará el próximo 14 de Enero. Podéis descargarla desde aquí.

Feliz Navidad y Feliz trabajo por los inocentes que viven en las periferias de este mundo.

Agustín Ndour.

Muchos de ustedes son musulmanes, de otras religiones; han venido de diferentes países, de situaciones diversas. Cada uno de ustedes trae una riqueza humana y religiosa, una riqueza para acogerla y no para temerla. ¡No debemos tener miedo de las diferencias! La fraternidad nos hace descubrir que son un tesoro. ¡Son un regalo para todos! Vivamos la fraternidad!”

Las anteriores son palabras del Papa Francisco (en Septiembre de 2013, mientras visitaba un centro de Refugiados en Roma) que ya nos dan claves certeras para acometer la tragedia de las personas migrantes y refugiadas y que dichas situaciones dejen de ser “periferias”.

Como seres humanos sin más -pero más aún los que nos consideremos cristianos-, no puede cabernos otra mirada que la de ver a todos las personas en igualdad de dignidad y de derechos. Sin hacer excepciones en función de raza, origen, religión…

Si a esa mirada de justicia le unimos la mirada compasiva que también anida en el corazón de todos los hombres y mujeres y que se activa de modo particular ante aquellos más indefensos, vulnerables, frágiles…. nos resultará incomprensible que ante los hermanos (que vienen de fuera tras pasar grandes dificultades y calamidades, como el desgarro de dejar los seres queridos, o situaciones de violencia o carestía en los países de origen)… no nos salga otra cosa que la acogida y la fraternidad.

No se trata pues de “problemas” que vienen de fuera, sino de oportunidades para que nuestro corazón se ennoblezca y saquemos de dentro de cada uno de nosotros lo mejor que tenemos: el deseo de construir una sociedad que se sienta familia y que cuide de modo particular de los que más lo necesitan.

Todo esto sucederá si damos pasos en una doble dirección: los “micro-pasos” en el ámbito que nos es más cercano a cada uno, y los “macro-pasos” en lo que se refiere a cambios estructurales, políticas, etc.

En el nivel más cercano y personal, acabar con la exclusión de las personas que vienen de fuera pasa por cambiar nuestro lenguaje, haciéndolo más inclusivo (no separando los que “son de los nuestros”, de los que no lo son; los que llevamos aquí toda la vida de los que vienen de fuera; los que son de nuestra cultura de los que son de otra, etc). También terminando de raíz con expresiones y actitudes racistas o xenófobas, sin paliativos ni “peros”. Y siendo valientes para romper nuestros círculos “viciosos” de descarte (miradas de superioridad, creencia de ser poseedores de privilegios frente a los que vienen de fuera…) y optar por acoger, dialogar, acompañar…. siendo capaces de ponernos en el lugar de los demás. En este sentido, frente a la cultura del “descarte” hemos de fomentar la del “encuentro”, como propone el Papa Francisco. Y para ello hay que conjugar los cuatro verbos que indica como lema de la Jornada Mundial del Inmigrante y el Refugiado: ACOGER, PROTEGER, PROMOVER, INTEGRAR, que concreta en 20 propuestas.

Si a esto unimos una sana conciencia de que cualquiera de nosotros -también tú…o yo- podría pasar por situaciones parecidas… el resultado sería un posicionamiento sin fisuras en favor de todos los que llegan a nuestras ciudades buscando un futuro mejor para ellos y los suyos.

En el nivel estructural, de políticas que protejan, defiendan e integren a los que se ven forzados a abandonar su país por diferentes causas (hambre, guerra, persecución…) hay que trabajar para construir un marco legal que recuerde el derecho y la licitud de cada persona a cambiar su residencia fuera de su país cuando cuando lo aconsejen justos motivos. Sobre todo desde el convencimiento de que el inmigrante no es un intruso que tenga que ir saltando obstáculos y mendigando derechos, sino que ya es sujeto de derechos, por el mismo hecho de ser persona.

Darle más peso a las fronteras -creadas por mano de hombres y fruto siempre de coyunturas históricas- al valor de la familia y la ciudadanía universal es empobrecer a toda la humanidad. Así, hay que procurar que todos los que llegan de otras latitudes tenga acceso a los derechos fundamentales, que han ser respetados siempre. Y también hay que desterrar radicalmente el considerarlos mercancía o mera fuerza laboral barata o, en otros momentos, amenaza para los puestos de trabajo.

Dios nos quiere a todos como sus hijos. Y sueña con que todos nos sintamos hermanos.
En cómo nos situemos con los que migran nos jugamos bastante el conseguirlo: “porque fui extranjero… y me acogísteis” (Mt 25).

Manolo Velázquez,
Delegado de Migraciones de la Archidiócesis de Granada.

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