El problema vasco ha sido un tema recurrente durante muchos años en los informativos. Durante cuatro décadas los comandos etarras sembraron de muerte y dolor la geografía de nuestro país y crearon un clima de miedo que afectó a muchas personas. El escritor Fernando Aramburu ha dibujado en su novela Patria un retrato de este drama. El cine no ha abordado demasiado esta realidad. Imanol Uribe en Días contados o Mario Camus en La rusa y Sombras en una batalla se han acercado al problema desde distintas ópticas. También Lasa y Zabala nos acercó a otra cara igualmente triste del drama. Varios documentales han presentado también diversas perspectivas del tema. Estos acercamientos siempre han sido planteados desde una perspectiva dramática. El asunto ha parecido demasiado serio para tomarlo a broma. No parecía apropiado hacerlo de otra manera.

Sin embargo, el paso del tiempo y el fin del conflicto posibilita otro modo de observarlo.Ocho apellidos vascos, en la que el realizador de Fe de etarras intervino en el guion y que fue un gran éxito de público hace unos años, ya nos ofreció un acercamiento distinto a alguna cara del problema. En la película que comentamos (de título curioso, que anticipa las intenciones que pretende) nos aproximamos en clave de comedia a las vicisitudes de un comando etarra en un Madrid invadido de banderas españolas, reflejo de la pasión suscitada por nuestra selección de fútbol durante el mundial de Sudáfrica. La secuencia inicial nos pone sobre aviso del tono que va ser dominante en el resto de la película. Los gags verbales serán una fuente frecuente de comicidad. No hay en Fe de etarras pretensión de reflexionar en serio sobre el problema. O tal vez el modo de abordarlo puede ser síntoma de una manera de verlo. Apenas hay tensión ni signos de drama (el asalto al piso franco o el control policial son pinceladas de ese otro modo de acercarse al tema, que no es intención de la película), sino que al tratarse de una comedia su desarrollo está lleno de gags que provocan la risa, e incluso la carcajada. Admitamos que el tema es muy serio, pero en esta película es solo el contexto de la historia. Los protagonistas son vascos (lo que da origen a algunos brotes de comicidad muy graciosos) y además son etarras, cómo podían ser ladrones de bancos o albañiles (cosa que terminan siendo). Que el realizador sea natural de San Sebastián añade un plus de buen humor a la propuesta. Parece muy sano reírse de uno mismo o de cosas que tienen gracia. Aunque tal vez habrá más de uno al que no le hará ninguna…

Antonio Venceslá, cmf

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