Va pasando el tiempo, la vida y te das cuenta, cada vez más, que te sobra casi todo, que no has ejercitado ese vaciarte delante de Él en el silencio de la oración…También esta la llenamos de lecturas, música…
Me ha venido bien releer estos párrafos de la Escuela del Silencio del dominico Fray José Fernández de Moratiel, que comparto con vosotros. Estos días de Navidad, de contemplación, de misterio… de silencio son un buen contexto para saborearlos.

José Manuel Caselles, cmf.

El silencio para vivir la presencia de Dios

«Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20)

Esta expresión de san Pablo es muy conocida. Quiere decir que al morir algo de él puede entrar Cristo
en su corazón. «Cuando salgo yo, entra Dios». Cuando algo muere, Dios se presenta.  
El silencio es para hacer presente a Dios. Es tener la experiencia de lo eterno en nuestra vida. Cuando
algo está presente no lo tenemos que imaginar. Estamos acostumbrados a pensar e imaginar. Hay que
sentir y no pensar. Así nos pasa con el mundo de Dios. Lo pensamos pero no lo sentimos como
presencia.
El silencio puede hacer que Dios se haga evidente. Sin intermediarios. Sin detener la posibilidad de un
encuentro lleno de vivencia.
Las personas nos conocemos por nuestras acciones, por nuestros objetivos. Pero, ¿y en la «no
acción»…? Nuestro conocimiento lo basamos en los pensamientos y deseos, pero…, ¿nos conocemos sin
? Nos asusta conocernos sin nada. Nos asusta quedarnos sin nada.
En la vida se disfruta con la comunicación, con el encuentro, con el diálogo. El silencio debe formar
parte de esta relación. Primero se habla pero luego el silencio es primordial. Con respecto a Dios, pasa
lo mismo. Al principio, se siente la necesidad de decir algo porque si no parece que no se reza. Pero
luego, hay que quedarse en silencio porque Dios tiene algo que decir. El silencio es para dar paso a
Dios. Es dar luz verde para que Él se haga presente. Este silencio es la muestra de nuestra apertura.
Abiertos y acogedores.
La verdad es que cuando hablo estoy pendiente de mí, no salgo de mí y no puede darse un encuentro
profundo y puro. Normalmente estamos excesivamente pendientes de nosotros, excesivamente
enganchados en lo que queremos y deseamos.
En el silencio nosotros no somos los protagonistas. Es Dios quien tiene que serlo. Celebramos tan solo
su presencia. Y conviene recordar que «si no os hacéis como niños…», no entramos en el silencio. Hay
que aprender de ellos a no «hacer nada». Absoluta dependencia. Yo no puedo hacer. No sé hacer.
Aprender a callar, a no hacer.
Nuestra cultura es la que nos enseña a creer que sólo vivimos cuando hacemos. En la medida en que
realizamos cosas creemos ingenuamente que vivimos. En la oración, a veces, queremos decir. Aprender
a vivir sin hacer…, no es fácil.
Un jesuita de gran acción tuvo un accidente y se quedó inválido. Se quejó a Dios de su inutilidad y su
indigencia. Y Dios le contestó: «Pero yo no tengo necesidad de que hagas nada. Sólo necesito que
sonrías siempre».
El silencio desemboca en la presencia del Señor y la respuesta vendrá siempre. Esto es como un artículo
de fe en el mundo del silencio. No hay que marcar un plazo porque la respuesta llegará
inesperadamente. No depende de nosotros ni de nuestras previsiones.
Por otro lado esa respuesta no es única para todos. El amor tiene todos los colores y Dios tiene todos los
sabores: libertad, orden, paz… A Dios no se le confina en una única experiencia. Dios se hará presente
en cada uno. Como la respuesta es sutil, requiere atención para descubrirla. Un instante es sutil. La
respuesta de Dios no es aparatosa. El encuentro puede estar lleno de equilibrio sin llamar la atención.
En el libro primero de los Reyes, en su capítulo 19, podemos leer que Elías estaba esperando la visita de
Dios. Recordemos la lectura: «El Señor le dijo: «Sal y ponte en pie en el monte ante el Señor. ¡Dios va a pasar!».  
Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas; pero Dio no estaba en
el viento. Después vino un terremoto; pero Dios no estaba allí. Vino el fuego y Dios no estaba en él.
Después del fuego se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y
se puso en pie a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz… ».
Aquí se ve que Dios habita en la brisa suave Hay una traducción bíblica que dice textualmente:
«silencio abismal». Y es que en ese silencio se hace presente Dios.
Todos estos acontecimientos ponen de manifiesto las actitudes por donde nosotros pasamos. A veces,
somos terremotos con nuestras agitaciones. Nuestra violencia es como un vendaval. En esos momentos
no nos podemos encontrar con nadie. Hacemos daño. Decía Neruda: «Apártense de mí, que voy cargado
de metralla». (Ya es una virtud darse cuenta de la agresividad que transporta en su alma).
Nadie está excluido de la experiencia de Elías. El tuvo, quizás, que calmarse para darse cuenta de que
pasaba una brisa tenue. Los hombres que buscan lo eterno en su corazón reciben el contacto del leve
roce de la brisa de Dios.
Jesús quiso descubrir esto a sus gentes «Buscad primero el Reino…». El silencio no es otra cosa que la
búsqueda de ese Reino. Y el Reino está dentro. Al hacer silencio no nos separamos de la vida. La
abrazamos. Jesús da prioridad a esta búsqueda y a este contacto.
Y es que él sabía que en la medida en que entramos en contacto con Dios, los problemas que nos
atosigan en la vida se diluyen. Abrirse a lo eterno cura en un instante. Lo eterno sana del desamparo. Se
deshielan los temores y las inseguridades. El sol disipa las brumas. La presencia de Dios en nuestro
corazón lo diluye todo.
Igual pasa cuando llueve: aparecen mil montañas. Todo se hace nítido en la tierra. Todo queda
transparente. En el silencio aparece otro horizonte. Todo ha cambiado. Todo aparece nuevo desde
dentro. Al hacerse familiar el silencio, la vida cambia.
Una característica que conlleva el silencio es la liberación. Jesús no buscaba que la gente se atara a él.
No ocurre igual cuando vamos al médico: «Vuelva usted dentro de un mes…». Jesús va diciendo: «El
Reino está dentro de ti». La salvación está dentro de ti. Y el hombre sigue buscando fuera respuestas y
llenando de dependencias (incluso religiosas) sus pasos. No hagas caso de mensajes falsos que
prometen la salvación por otros caminos. Por eso san Pablo expresa: «Es Cristo quien vive en mí». Ya
no vivo yo. Me he familiarizado con su presencia en mi corazón. Ya ha habido encuentro.
Algo tiene que aquietarse. Algo tiene que morir en ti para que Cristo viva. Hay un dicho árabe que dice:
«No bajes al jardín. El jardín está dentro de ti». Si en ti hay una fuente, ¿por qué buscar otra fuente?,
¿otro pozo? El manantial está en ti. El silencio es para buscar el agua de ese pozo.
El presente es siempre tan humilde, tan poco llamativo, que no le damos importancia. Pero es nuestra
felicidad. Normalmente la alegría no la consideramos en el presente. O es una promesa o es una
satisfacción recordada. El presente es un abrir y cerrar de ojos. Lo rehuimos. Vivimos de promesas o de
recuerdos. El presente es humilde. No es fácil vivirlo porque nuestras costumbres son otras. No nos
hemos acostumbrado a la alegría de cada instante.
Nuestro objetivo en la vida no es vivir el presente. Estamos inadaptados para vivir esta sencillez.
Estamos inadaptados para vivir el silencio. Somos adictos a no vivir el día presente. ¡Qué costoso es
desacostumbrarse! Saber que no tenemos necesidad del exterior tanto como sospechamos. De repente,
en el amor, nos vemos invadidos por la vieja costumbre del egoísmo.
Sin duda alguna, encontraremos resistencia al silencio, pero no podemos prestarle demasiada atención
porque nuestros enemigos se envalentonan ante nuestra mirada. No haciendo frente a ellos se
evaporarán poco a poco.

José Fernández de Moratiel, op

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