Continuamos con el tema de la humildad, y esto da a entender la importancia que Claret le daba a dicha virtud para que el misionero de fruto en su acción evangelizadora. Hoy rescatamos la imagen del “retoño” como el tallo nuevo que echa la planta.

De entrada la imagen es positiva, evoca la primavera, el nacimiento de una vida nueva; pero Claret está pensando en esta ocasión en los retoños de “la mala hierba” que pueden crecer en nuestro corazón, como es la vanidad. Él comenta en el número 351 de su Autobiografíael examen particular que estuvo haciendosobre la virtud de la humildad dos veces al día durante quince años. Este examen le servía para descubrir los frecuentes “retoños” de vanidad que brotaban y que tenía que podar.

La humildad es la antítesis de la vanidad; por la tanto, el examen particular sobre la humildad es la lucha diaria que tenemos que hacer contra esta mala hierba, que lo único que busca es endiosar al hombre.Esta es la tentación de aquel de la parábola que quiso hacer unos graneros más grandes para almacenar más trigo y darse la buena vida (cf. Lc 12,13-21), y la de los fariseos que van con amplios ropajes y alargan las filacterias (cf. Mt 23,5), la del que busca los primeros puestos (cf. Lc 14,8), la de los discípulos que discuten entre sí quién es el más importante (cf. Mc 9,30-37), la de los que utilizan la palabra para murmurar (cf. Lc 19,7), la del que no fue capaz de dejar sus riquezas para seguir a Jesús (cf. Lc 18,18-25), y así un sinfín de situaciones nos presenta el Evangelio. Es más, la tentación de la vanidad es la que está de fondoen el mesianismo espectacular de las tentaciones del desierto (cf. Mt 4,1-11). Cristo venció porque es el “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

El examen particular es trabajarse con esmero ante el espejo de la verdad. La poda será “una lucha sin cuartel”, pero habrá merecido la pena el embellecimiento de nuestra alma. No olvidemos que todas las cosas terrenas son caducas, que son “castillos en el aire”, vana fantasía. La sabiduría del Antiguo Testamento nos lo recuerda: “Vanidad de vanidades; todo es vanidad” (Ecl 1,2). Lo único que puede dar plenitud al corazón del hombre es la presencia de Dios que todo lo llena y embellece desde dentro.

Aprendamos de Cristo, nuestro Señor, y hagamos el esfuerzo por dedicar un ratito al día para el examen particular de esta virtud tan necesaria de la humildad para que nada efímero y caduco se nos adhiera atando nuestro corazón.

Juan Antonio Lamarca, cmf

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