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“Una voz que me dice…”

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

26 de Noviembre de 2017: NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Mt 25, 31-46

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

Llegamos al final del año litúrgico con la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo.

Esta descripción del juicio final es la conclusión de las tres parábolas que preceden a este texto en el evangelio de Mateo. En ellas aparecen dos grupos de personas cuyo comportamiento ha sido muy diferente antes del retorno de Jesús. En las parábolas se ha mencionado varias veces el juicio para exhortar a la vigilancia, pero ahora dicho juicio aparece en primer plano. La estructura del relato es sencilla: unos versículos introductorios (Mt 25,31-33), dos diálogos de carácter judicial (Mt 25,34-45) y la conclusión (Mt 25,46). Comencemos fijándonos en la introducción.

El lenguaje apocalíptico de estos versículos era frecuente entre algunos grupos judíos y cristianos de la época. Es muy rico en imágenes, mediante las cuales se pretendía desvelar un mensaje que estaba oculto. El juez, rodeado de ángeles, se sienta en el trono de gloria y todas las naciones comparecen ante él. La acción que lleva a cabo el juez es la de separar a unos de otros como un pastor separa las ovejas de los cabritos. Hijo del hombre, en estos versículos, y rey, a lo largo del pasaje, son los títulos con los que se le denomina al juez. Los cristianos de la comunidad de Mateo recordarían que en el Antiguo Testamento el Hijo del hombre era el Mesías que rodeado de gloria vendría a juzgar a la humanidad (Dn 7,13-14). Y el rey era un delegado de Dios con la misión de guiar al pueblo y defender los derechos de los pobres (Sal 72,1-4.12-14). Jesús es el Hijo del hombre y el rey en el relato. Todo sugiere la representación del juicio universal. El cuerpo del pasaje lo ocupan los dos diálogos judiciales. Si te fijas verás que siguen un mismo esquema.

El juicio universal es, en el relato, un acto de discernimiento cuyo criterio es el comportamiento que se haya tenido durante la espera de la venida del Señor. La vara de medir ese comportamiento es el mandamiento del amor, concretado en la actitud hacia quienes se encuentran en situación de necesidad: hambrientos, forasteros, encarcelados…

Ante la sentencia, la sorpresa de los que son juzgados es evidente: “Señor, ¿cuándo te vimos…?”. Jesús les responde: “Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños…”. En el capítulo 22 escuchábamos de Jesús que los mandamientos más importantes eran el amor a Dios y al prójimo. Ahora va más lejos: mediante su identificación con los más débiles, él es a la vez Dios y el prójimo desamparado. Ya no son dos los mandamientos, sino uno solo, porque el amor al prójimo es el amor a Dios mismo.

Es muy importante que caigamos en la cuenta del cambio de paradigma que se propone en el pasaje con respecto al Reinado de Jesús. El texto contiene una novedosa visión de Jesús como rey, una indicación clara acerca de quiénes eran los más importantes en su Reino y, consecuentemente, una invitación apremiante al compromiso para quienes quieran formar parte del él. Los discípulos son los destinatarios directos de la instrucción que les dirige el Señor. Pero recordemos que Mateo escribe a una comunidad que constataba que la segunda venida del Señor, que creían inminente, se retrasaba. Entre los mismos cristianos había signos de dejadez, rutina y abandono de la radicalidad del mensaje de Jesús. El evangelista recuerda que en el mensaje del Señor hay palabras de esperanza: Cristo volverá con gloria y la historia tendrá un final feliz. Ahora bien, esta segunda venida no sucederá enseguida. Mientras llega el momento, es necesario vigilar y comprometerse, porque el futuro se construye desde el presente.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

Jesucristo se manifiesta como rey universal que, rodeado de gloria, enfrenta a cada uno con las actitudes que conforman su vida. Jesucristo se manifiesta también encarnado en cada ser humano que sufre necesidad. Como a los cristianos a quienes el evangelista se dirige, La Palabra de Dios nos invita a salir de nuestros letargos mirando al futuro, en el horizonte del juicio, y viviendo el presente, comprometidos con los hermanos más pequeños de Jesús.

Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria”: ¿Qué rostro de Jesús nos ofrece el pasaje que acabamos de leer?

¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos?”: A la luz del texto, ¿qué hemos aprendido acerca de nuestra forma de relacionarnos con Jesús?

Los justos irán a la vida eterna”: ¿Conoces a personas que se comprometen con los más desfavorecidos? ¿Pueden ser ellos los justos de los que habla el evangelio?

Como el pastor separa las ovejas de los cabritos”: ¿Qué nos sugiere el pasaje sobre el juicio final? ¿De qué manera sostiene nuestra esperanza cristiana el hecho de que seremos juzgados en el amor?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

La Palabra de Dios ha iluminado nuestra esperanza y nos ha estimulado a vivir comprometidos con los más necesitados. Jesucristo, el rey que ha dado su vida para la salvación del universo, nos regala la vida eterna, que acogemos o rechazamos en nuestra experiencia diaria del mandamiento del amor. Le pedimos al Señor de nuestras vidas que grabe en nosotros su imagen para que seamos capaces de verle y amarle en cada hermano que camina a nuestro lado.

Compartimos en el grupo nuestra ORACIÓN

Cantamos juntos Con vosotros está y no le conocéis o Al atardecer de la vida

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

Cuando lo hicistéis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”: ¿Desde donde reina Jesús? ¿Desde donde reinaremos con él?

¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o en la cárcel”: ¿Quiénes serían hoy los hambrientos, forasteros, encarcelados…? ¿Cómo nos compromete con ellos el evangelio que hemos leído?

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