Hoy en día las zonas rurales se van despoblando y el mundo se va haciendo cada vez más urbano. La gran mayoría podemos decir que hemos desgastado poca suela pisando tierra y mucha pisando asfalto. Los colegios en sus primeras etapas organizan visitas a granjas, y viene siendo cada vez más habitual que algún niño descubra por primera vez una vaca, un cerdo o una gallina en una de esas excursiones didácticas. En este caso lo anormal se convierte en normal, como en tantas otras cosas, ¡qué paradoja!

                En el siglo de Claret la vida se concebía de forma muy diferente de como la concebimos hoy: la vida rural era la más familiar para la gran mayoría de los españoles. Claret, hombre de pueblo e itinerante misionero, saca sus recursos catequéticos de la cultura agraria. Este es el caso de la imagen que rescatamos hoy de la Autobiografía: la gallina y sus polluelos. Transcribo el texto por su fuerza y plasticidad: “¡Mirad qué amor, qué cuidado y qué celo tiene una gallina por sus polluelos! La gallina es un animal tímido, cobarde, espantadizo mientras no cría; pero cuando es madre tiene un corazón de león, trae siempre la cabeza levantada, los ojos atentos, mirando a todas partes por pequeña apariencia de peligro que se le presente para sus polluelos. No se pone enemigo delante de ella que no acometa para defenderlos, viviendo en un perpetuo cuidado que la hace continuamente vocear. Y es tan grande la fuerza del amor que tiene a sus hijos, que anda siempre enferma y descolorida, ¡Oh qué lección tan interesante de celo me das, Señor, por medio de la gallina!” (Aut 380).

                La imagen es utilizada para hablar del celo apostólico. El fiel seguidor de Cristo no se puede entender a sí mismo con una vida acomodada. Tenemos que ser como “la gallina” que a pesar de ser un animal tímido –nuestro acervo popular recoge el improperio “gallina” a la persona timorata- se arma de valor para defender a sus crías. El celo apostólico lo entiende Claret como una defensa valerosa ante cualquier peligro que amenace la fe y las buenas costumbres del pueblo creyente.

                Nos tenemos que preguntar con frecuencia qué nivel de indolencia tenemos ante la secularización tan dramática que estamos viviendo y que tiene una clara manifestación en la crisis vocacional que sufre la Iglesia en todos sus estados de vida.

                Sí, tenemos que ser como la gallina durante su crianza con un “corazón de león”. Con el mismo fondo dirá Claret en otro momento: “Tendré para con el prójimo corazón de madre”. Este arrojo misionero no se entiende sin amor, de ahí que los tres grandes ingredientes para el celo apostólico sean el amor a Dios, el amor el prójimo y espíritu de conquista.

                ¿No es así el Corazón de Cristo cuando ora al Padre diciendo “cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió” (Jn 17,12)?Pues pregúntate quién te ha dado Dios para anunciar la Buena Noticia de Jesucristo y pregúntate también si puedes decir “no he perdido a ninguno de los que me diste” (Jn 18,9). Esta pregunta alcanza a todo padre y madre de familia, a todo trabajador, a todo catequista, a todo educador… y por supuesto a todo religioso y religiosa que consagró un día todo su ser al Señor.

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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