Pepe Márquez, misionero claretiano destinado actualmente al Equipo Claretiano de Evangelización Misionera (ECEM) que reside en Almendralejo, Badajoz, ha celebrado el día 24 de Octubre su 50º Aniversario de profesión religiosa. Ha querido compartir con nosotros lo que escribió para compartir en la homilía de aquel día. Damos gracias a Dios por su fecunda vida misionera, a la que se entregó… “con todas las consecuencias”, como él mismo nos dice.

Entré en la congregación de misioneros del Corazón de María queriendo ser sacerdote, queriendo estar al servicio del Pueblo de Dios. Yo no sabía entonces lo que era la vida en comunidad, ni lo que suponían los votos religiosos. Pero me sentía atraído por los curas del colegio, por la sotana, por la oración y los sacramentos, por el hecho de que eran ellos los sacerdotes que Dios había puesto en mi camino.

La idea de ser cura me vino por primera vez siendo todavía pequeño. Después, con la adolescencia, las hormonas me hicieron mirar hacia otro lado, a salir con chicas, a ir a fiestas y a bailes… Aunque, eso sí, nunca perdí el sentido religioso en mi vida. Una noche, ya en la cama, después de haberme estado divirtiendo en la Feria de Sevilla, me vino a la cabeza esta pregunta: y ahora, qué.

Fue en el último año de mi estancia en el colegio, en el curso previo a la Universidad, cuando volvió de nuevo ese deseo de la infancia. Fue como si las brasas no se hubiesen nunca apagado y el aire de una oración que nunca abandoné del todo, las hicieran de nuevo resplandecer.

Fue así como llegó el momento de mi entrada en el Noviciado. Fue duro. Tuve que superar una primera negativa paterna, la separación de mi familia, el dolor de dejar a mi abuela anciana, con la que siempre tuve una gran amistad, el dar el salto a una vida completamente nueva, completamente distinta. Pero yo iba también a lo que me echaran, dispuesto a seguir al Señor con todas sus consecuencias. Solo desde ahí pude superar las primeras perplejidades ante algunas costumbres de la vida comunitaria y de la ascética espiritual que ni siquiera se me habían pasado por la cabeza.

El año de Noviciado fue un año de entrega generosa, de asumir los sacrificios con alegría, de gustar pasar el tiempo y las horas en la capilla, de profundizar en la vida de San Antonio María Claret y en su carisma misionero, de hacer amistades entre compañeros, de asumir trabajos domésticos, de paseos por el campo, de salmos y liturgias en latín, de acostumbrarme a un estilo de vida insospechado pero a la vez maravilloso.

También fue un tiempo en donde el sufrimiento no dejó de visitarme: la salida de varios compañeros, el estar fuera de Sevilla en la Semana Santa, el despedir a mis padres cada vez que venían un domingo a verme y a estar conmigo, la muerte de mi querida abuela, a la que aún hoy echo de menos.

Pero siempre me quedaban la Palabra de Dios, los actos de piedad, la Eucaristía diaria, la confesión frecuente, la catequesis impartida a los niños, el ir el domingo a las Misas del pueblo, la alegría y la esperanza de llegar a ser misionero, la devoción entrañable -ya aprendida en el colegio- al Corazón de María.

Y llegó el día de mi primera profesión, de mis primeros votos, con mis padres y mis hermanos haciéndome compañía, con los compañeros de comunidad como testigos de un abrazo de acogida en la Congregación. Profesé yo solo, porque yo solo había tomado el hábito un año antes. Fue el día de San Antonio María Claret. Hace ahora cincuenta años. Me entregué a la pobreza de la austeridad y el compartir, a la castidad de tener el corazón abierto y disponible para todos, a la obediencia de saber que siempre estaría en las manos de Dios. Y a la vida comunitaria como garantía de tener al Señor en medio de los que estábamos reunidos en su nombre.

Y así fueron después pasando los años. Primero los del Seminario, con sus luces y con sus sombras, con aciertos y con errores, sintiéndome a veces débil, pero refugiándome en la oración y poniendo siempre mi esperanza en el horizonte de una vida consagrada encarnada en el sacerdocio. Y rodeado también por un ambiente de cambio y de ansias de libertad, que motivó que un buen grupo de mis compañeros abandonasen el camino que estábamos compartiendo.

Siete años después vino la ordenación. Y con ella la alegría de darme por completo al Señor, de tenerlo entre mis manos al consagrar el pan, de dar a todos, a través del sacramento, el perdón incondicional de un Dios que es misericordia; la alegría de estar al servicio del Evangelio y de la Iglesia. Y así han sido estos cuarenta y tres años de mi vida sacerdotal. He estado en colegios, muchos años en el ministerio parroquial, en la formación de aspirantes, en medios de comunicación y bastante tiempo en el equipo misionero. Años en los que siempre me he sentido llamado al ministerio de la Palabra. Años que he conocido y abrazado, como don del Espíritu, diferentes espiritualidades y carismas presentes en la Iglesia. Años en los que he intentado ser vínculo de unión entre todos, levantar puentes de acercamiento y derribar muros que dividen, en los que los pobres y los marginados han estado presentes en mi corazón y en mis acciones pastorales. Y años en los que el Señor, en forma de pequeñas pinceladas, me ha dado a conocer que, a través de mi presencia, de mi amistad y de mi predicación, Él ha podido entrar en la vida de algunas personas.

Con el tiempo han cambiado muchas cosas, han evolucionado mucho otras tantas. Se me fueron mis padres, con los que me sentía especialmente unido y con los que he estado cercano hasta el final, sobre todo cuando ya mi madre se quedó sola. Y se fueron también de forma prematura compañeros con los que he compartido la vida, la fe y la misión. Delante del Señor me sigo considerando pobre, débil, necesitado de su amor gratuito; y me sigo sintiendo también con el corazón libre para querer a todos; y sigo estando disponible para ir a donde la obediencia me envíe. Y todo ello aceptando y acogiendo a cuantos hermanos estén conmigo en la vida comunitaria, aunque ésta no siempre haya sido fácil.

También es cierto que, a medida que me voy haciendo mayor, crecen en mí los achaques, la debilidad, el cansancio, el resurgir de algunos defectos que creía ya controlados. Pero al mismo tiempo me doy cuenta más que nunca que todo es Gracia, que todo es regalo de Dios, que solo puedo seguir dando gratis lo que he recibido gratis.

Todas estas cosas las he ido comprendiendo tal vez mejor mirando el corazón compasivo de la Virgen. En la fragua de su corazón soy lo que soy, con las virtudes que Dios me ha dado y con los defectos que no he sabido superar. Cincuenta años de amor a fuego lento, pero queriendo ser, con mis pecados e incoherencias, ese hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa, que desea encender a todo el mundo en el fuego del amor de Dios.

Gracias, Señor, por la familia que me has dado; gracias por los hermanos claretianos y los amigos que has puesto a lo largo de mi camino, por tantas veces en las que he sembrado la Palabra siendo tu misionero. Gracias, Señor, por ser misericordioso conmigo, por haber escogido a tu siervo para ser hijo del Inmaculado Corazón de nuestra Madre María.

Pepe Márquez, cmf

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