En una de sus escalofriantes frases, Oscar Wilde sentencia: “Al comienzo, los hijos aman a sus progenitores. Después de un tiempo, los juzgan. Al final, les perdonan rara vez o casi nunca”. Como caricatura de familia innegablemente es exagerada, pero que encierra un poso de verdad.

Por desgracia, en ciertas (¿cuántas?) familias se cumplen esas tres etapas que perfila el escritor inglés: El niño, que se fía, ama y admira a sus progenitores; el joven, que los juzga al descubrir sus límites e hipocresías; y finalmente el adulto, que se toma una especie de revancha contra ellos, acusándolos de no haberle enseñado a vivir.

Indudablemente hay algo de verdad en esta fotografía familiar, por más brutal que nos resulte. Pero no podemos olvidar en absoluto la otra cara de la medalla: la que se refiere a los hijos y a sus propias culpas. En ello no vamos a abundar.  

Pienso que somos realistas al admitir que no existe familia perfecta. Quizá tengan razón los que la consideran «la gran enferma» de nuestro tiempo. O «la gran excluida», por lo poco que se hace por ella, empezando por la clase política. Los signos de su crisis son impresionantes. Pensemos solamente en la violencia que se consuma entre las cuatro paredes domésticas. No existen padres perfectos; nadie se casa con una persona perfecta, ni existen hijos perfectos. Todos tienen motivos para quejarse de los demás. Esa decepción engendra rencor. El rencor es un veneno que intoxica y mata. Es peligroso y destructivo. Además, el resentido enferma físicamente, emocionalmente y espiritualmente.

Consecuencia: No existe familia saludable sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para la salud emocional y sobrevivencia espiritual. Sin perdón, la familia termina por convertirse en un escenario de conflictos y en un nido de agravios.  Sin perdón, todos enferman. El perdón es la esterilización del alma, la depuración de la mente y la oxigenación del corazón. Quien perdona alcanza la paz del alma y la comunión con Dios.

Por vocación, la familia está orientada a ser lugar de vida y no de muerte; territorio de curación y no de enfermedad; etapa de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza; y curación donde el dolor ha causado enfermedad.  Pero eso es posible, si se cultiva. Pensemos en cuánto se dedica a clases de natación, de música, de gimnasio y a otras cosas similares para que los hijos aprendan y se preparen… ¡Qué poco se hace para adiestrarlos en la compasión!

Juan Carlos Martos, cmf

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