Vamos al cine para disfrutar de un rato de entretenimiento. A veces las imágenes e historias que vemos nos enseñan verdades, sacuden conciencias, logran mostrar trozos de vida y acercarnos así a realidades, tal vez lejanas, u olvidadas aun en su cercanía.

Cuando vemos Nuestro último verano en Escocia, sucede todo eso. Entretiene, provoca sonrisas, enseña, hace pensar, produce admiración y relaja el ánimo. En la sencillez de la historia, en las interpretaciones de sus protagonistas, sobre todo de los tres pequeños de la casa, encontramos la oportunidad de reconciliarnos con este cine casero, simple, tal vez algo superficial, que casi sin pretenderlo nos muestra los misterios necesarios para vivir y algunos caminos para devolver a la existencia su pizca de sal y sentido.

Vamos a asistir a la fiesta de cumpleaños del abuelo de tres niños inteligentes y resabiados. Viajamos con ellos y sus padres (una pareja en proceso de separación) a las tierras altas de Escocia. Allí se encuentra el resto de la familia (un tío estirado, su esposa depresiva, su primo cohibido y… un abuelo que les encanta y atrae). Pero el transcurso de la celebración adquiere tintes casi grotescos para los adultos, pero mucha ternura y sinceridad para los niños. No quiero desvelar el meollo de la trama y su evolución posterior, porque para disfrutarla hay que dejarse llevar y mirar las imágenes sin prejuicios y con una sonrisa benevolente.

En esta película los niños son maestros en el arte de vivir; son quienes enseñan un mundo de realidades y valores (verdad, ternura, sinceridad, sencillez, cariño, honestidad, imaginación) que los adultos olvidaron, o prefirieron no tener en cuenta, ocupados en saldar sus cuentas con la ingratitud, el desamparo, las apariencias y las mentiras. Los niños enseñan si se les escucha, aunque a menudo no digan lo que esperas y te sorprendan con sus ocurrencias. Pero son quienes devuelven la sonrisa y la esperanza y muestran el camino de la reconciliación y de la vida plena.

No es una película que pasará a los anales de la historia del cine (hay en esa estantería mucha morralla), pero merece la pena verla y disfrutarla.

Antonio Venceslá, cmf

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