La vida misionera es como trabajar en un jardín de rosas, donde a veces crece la mala hierba y hay que cuidarlo. Hay que cuidar el jardín para que no crezca alta la mala hierba -aún sabiendo que saldrá- y las rosas puedan florecer. Hay muchas herramientas distintas para cuidar el jardín, tantas como dones reciben los misioneros. A veces cuando miras lo descuidado que está el jardín, como el Padre Claret, te pones a cuidarlo: en tu lugar de Misión, en tu comunidad… Y eso contagia a otros al ver tu dedicación y tu pasión en ese cuidado. 

Cuidar rosas no es fácil, hay que ensuciarse las manos en ese trabajo y a veces te pinchas con las espinas de las rosas, vienen momentos duros, de soledad, fracaso, de no entender. Pero Dios se puede hacer presente en tu vida de muchas maneras. Si eres capaz de reconocerle, puede ser como una hoja que cae sobre ti, o el canto de un pájaro o la cercanía de un hermano que te toca, se sienta a tu lado, te mira, y -sin decir nada- es presencia en silencio de ese misterio de Dios que nos acompaña en la vida. 

Todos, con nuestras manos manchadas, vemos pequeños frutos que salen de esos rosales gracias al uso de nuestros esfuerzos y dones. Florecerán en pocos días esas rosas puestas en el Corazón de la Madre, y como saetas esos misioneros, serán enviados a todo el mundo. 

Sabiendo que la docilidad al Espíritu hace florecer, como nos dice el último documento Capitular.

 

Joaquín Béjar, cmf

 
 
Joaquín acompaña esta reflexión con un video que han grabado él y otros claretianos que están realizando estos meses La Fragua (curso de renovación) en Madrid:
 
 

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