El actor australiano Mel Gibson adquirió en los años ochenta y noventa del siglo XX una notoriedad importante, gracias a algunas películas rodadas en su país natal que le habían hecho merecedor de reconocimiento, y propiciaron su inmersión en el cine estadounidense, donde protagonizó diversas películas de éxito. Paralela a su carrera como actor, Gibson inició una carrera como realizador que ha dado algunas películas (Braveheart, La pasión de Cristo, Apocalypto, o Hasta el último hombre), en las que destaca su gusto por enfatizar el uso de la violencia, hasta límites excesivos, olvidando que la elipsis es un recurso cinematográfico muy adecuado para ciertas escenas.

Antes de filmar las películas citadas, algunas de las cuales le granjearon éxito comercial y aplauso crítico, se inició en la realización con una película modesta, en la que no abundaban escenas de masas, ni eran necesarios complicados efectos de puesta en escena. Tampoco está protagonizada por celebridades. El hombre sin rostro nos acerca a la historia de un adolescente que desea ingresar en una academia militar. Tal vez el actor que interpreta al joven protagonista resulta demasiado pequeño para el papel, lo que resta credibilidad a las situaciones que vive. En realidad, lo que anhela es escapar de un hogar que le provoca una profunda infelicidad. Vive con una madre incapaz de ofrecer estabilidad a su familia (ya ha tenido varios maridos), y dos hermanas, con quienes no congenia. Para entrar en la academia, ocupa sus vacaciones en prepararse para superar el examen de ingreso. En la isla donde pasará el verano entra en contacto con un extraño sujeto, al que interpreta el propio Mel Gibson, que vive aislado del mundo, sin querer relacionarse con nadie, y que resulta ser un profesor que se vio obligado a abandonar su profesión, aunque no ha dejado de sentirse pedagogo y que, tras algunas resistencias iniciales, decide tutelar al joven y ayudarle en la preparación del examen. Buena parte de la película describe la relación entre el profesor y su alumno, y los medios que pone en juego para que el joven dé lo mejor que atesora y supere el resentimiento que le atenaza

A diferencia de las películas que realizó posteriormente, El hombre sin rostro adopta formulas cercanas a un telefilm de sobremesa (dicho sin ánimo peyorativo), por la simplicidad y carácter previsible de la historia, y por la gestión de las emociones y sentimientos de los personajes. Lo que comienza siendo el relato de una familia desestructurada, con toda su carga de tensión y violencia, deriva en la descripción de un proceso de autoconocimiento y recuperación de la confianza en los demás, lo que a su vez produce un efecto benéfico en el seno familiar.

Antonio Venceslá, cmf

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