La Palabra de Dios es central en la vida de todo misionero. Los claretianos tratamos de forjarnos en la Fragua de la Palabra y de la Eucaristía. Son los puntos de apoyo más básicos para la vida apostólica. La práctica diaria de leer, rumiar y degustar regularmente la Palabra desencadena efectos singulares. ¿Qué tipo de efectos se producen? Hay tres que reflejan otras tres de las propiedades de la Palabra de Dios.

  • La Palabra «informa».La Escritura nos trae noticias deDios y de su historia de la salvación, hilvanada con infinidad de personajes y sucesos. Al entrar en contacto con ella, se produce así un doble efecto: conocemosal Señor y nos re-conocemos a nosotros mismos. Es ese sorprendente fenómeno del queya hablaba san Agustín: “Que me conozca, que Te conozca Señor Jesús, que me conozca a mí y que te conozca a Ti”. El libro santo opera como epifanía reveladora del misterio de Dios y, a la vez, como espejo en el que nos vemos. Nos entendemos a nosotros mismos al mirarnos allá. La Palabra y nuestra vida coinciden cuando las cotejamos. Por eso es revelación.

 

  • La Palabra es «comunicación personal». La Palabra es el umbral y ámbito de encuentro personal con el Señor. Es el territorio donde contactamos y entablamos esa relación de amistad con el Señor. La Palabra lleva a conocerle más y a comprenderle; a amarle y adorarle; a entrar en relación de cordialidad con Él, más allá de informaciones y noticias. Nos sitúa ante Alguien presente y cercano, que nos atiende y que vela por cada uno, que nos ama y nos llama. La Palabra nos permite amar a Dios, quien caldea el alma. Es una comunicación inapresable y discreta. Transita por el silencio y con un interlocutor invisible.

 

  • La Palabra es«perfomativa». Ella contiene un dinamismo creativo y eficaz. Realiza lo que anuncia. No solo es inspiración sino también, y a la vez, impulso interior de cambio. Transforma eficazmente desde el amor. Cumple lo que dice. Su energía y dinamismo van operando pacientemente una silenciosa metamorfosis en quien la frecuenta. No se trata de cambios espectaculares, sino más bien de un despertar de energías dormidas que movilizan en una dirección evangélica, recreando silenciosa y pausadamente actitudes y puntos de vista, asentando costumbres y convicciones, convirtiéndonos pacientemente en aquello a lo que hemos sido llamados por Dios. Esa propiedad nos habilita para ser misioneros y anunciar la Palabra allá donde somos enviados desde tres orientaciones: orando, trabajando y sufriendo por amor.

Juan Carlos Martos, cmf

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