El ciego Bartimeo estaba sentado mendigando junto al camino… (Mc 10, 46-52)

A los pies de Jesús,
como aquel ciego,
con los brazos al viento y la mirada 
tan sólo en sus palabras que me llegan
en la brisa del agua.

A los pies de Jesús, como aquel ciego, 
mendigo y arropado en su tiniebla, 
mis voces se oscurecen en un grito 
sin ascuas ni veredas. 

A los pies de Jesús,  como aquel ciego, 
ausente de sus ojos, maniatado 
a mi tacto indeciso y a mis sueños,
y a solas con mis manos.

A los pies de Jesús, como aquel ciego,
no sé si hay caminos en la estepa,
si es árbol o es mi sombra lo que toco,
¿o es solo una quimera? 

A los pies de Jesús, como aquel ciego, 
mi grito se estremece entre sus labios. 
Sus manos en mis ojos y la luz
¿solo un fugaz relámpago? 

A los pies de Jesús, como aquel ciego,
el relámpago estalla por mi sangre. 
Y por las caracolas de mis frágiles 
ojos, la mar me invade. 

A los pies de Jesús, como aquel ciego,
empiezo a caminar, y la Luz nueva 
deslumbra los caminos de esta tarde 
y, a media voz, me ciega. 

A los pies de Jesús, como aquel ciego, 
en la esquina más honda de mi sangre
brota el amanecer con otro tacto. 
¡Se ahogan los pesares! 

Por el Camino nuevo, mis pisadas
en sus pisadas, huellas y otros labios.
Y en su mirada verde los olivos 
acarician mis pasos. 

Blas Márquez Bernal, cmf

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