Hoy no se vive con la pesadilla de antes el temor que generaban los pozos. Recuerdo a los mayores contar historias de trágicos accidentes en estas oscuras cavidades de agua. El mismo Evangelio se hace eco de estos percances: “¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca enseguida en día de sábado?” (Lc 14,5). Hoy en día el agua la tenemos canalizada por otros medios hasta nuestras casas; esto ha hecho que los pozos caigan en desuso y se cieguen. Un accidente en nuestros días por razón de un pozo es algo extraordinario.

                El P. Claret también se hizo eco de esta oscura leyenda que acompañaba a estos surtidores de agua. Nos presenta el pozo como imagen del que cae en el pecado (cf. Aut. 346). No puede salir solo por sí mismo. Ante el pecado todos necesitamos la mano amiga de Cristo que nos la tiende en el sacramento de la reconciliación.

                El pecado, por lo tanto, lo podríamos comparar con un fondo oscuro. En cuanto más nos resignamos a quedarnos ahí, privados de libertad, quedamos como adormecidos, sumidos en un profundo letargo, del que cuesta más salir conforme van pasando los días pues la voluntad queda anulada.

                Dispongámonos a recibir la gracia con diligencia y humildad.

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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