Claret nos presenta también la imagen del molino de agua para seguir hablando de la humildad. Los molinos, en el s. XIX, se servían del agua para generar una energía que permitía moler el grano y hacer harina. Un molino sin agua no sirve para nada; ¡así se consideraba Claret sin la gracia de Dios! Pero leamos mejor cómo lo cuenta el santo con su persuasiva elocuencia: “Con mucha frecuencia repetía aquella petición de San Agustín: ‘Noverim te, noverim me’, y aquella otra de San Francisco de Asís: ‘¿Quién sois Vos? ¿Quién soy yo?’ Y como si el Señor me dijese: ‘Yo soy el que soy y tú eres el que no eres, tú eres nada y menos que nada, pues que la nada no ha pecado, y tú sí’. Conocí clarísimamente que de mí nada tengo sino el pecado. Si algo soy, si algo tengo, todo lo ha recibido de Dios. El ser físico no es mío, es de Dios; él es mi Creador, es mi Conservador, es mi Motor por el concurso físico. A la manera que un molino, que por más bien que está montado, si no tiene agua, no puede andar, así he conocido que soy yo en el ser físico y natural” (Aut. 343-344).

Cuando Claret escribe este texto se encuentra a esa altura de su vida muy trabajado. Se ha vaciado de sí mismo, y es Cristo el que le habita y trabaja por medio de él; puede decir con san Pablo “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Ha matado su ego por medio de la oración y la penitencia, y se ha dejado poseer totalmente por Dios. La humildad es pura pobreza.

Este es el camino que tenemos que hacer todos en la vida. Se trata de un arduo trabajo que tiene su culminación en la aceptación serena de nuestras carencias y limitaciones. Algunas de las grandes señales indicativas de la humildad es que no nos encolerizamos, que llevamos con paz los posibles desprecios, que el reconocimiento de la obra bien hecha lo acogemos con moderada gratitud, que no pretendemos aparentar lo que no somos, que no juzgamos a los demás, que vivimos con una gran generosidad y sin prodigalidad… ¡Que bella es la imagen del hombre “anonadado”!

Intentemos digerir este hermoso programa de vida saboreando los siguientes versos de San Juan de la Cruz en “Subida del Monte Carmelo”: “Para venir a gustarlo todo, / no quieras tener gusto en nada. / Para venir a poseerlo todo, / no quieras poseer algo en nada. / Para venir a serlo todo, / no quieras ser algo en nada. / Para venir a saberlo todo, / no quieras saber algo en nada. / Para venir a lo que no gustas, / has de ir por donde no gustas. / Para venir a lo que no sabes, / has de ir por donde no sabes. / Para venir a lo que no posees, / has de ir por donde no posees. / Para venir a lo que no eres, / has de ir por donde no eres” (1S 13, 11).

En definitiva, para tener a Dios, el Todo, debemos de pasar por nuestra “nada”.

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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