Esta “gota” es una imagen emblemática en Claret que retomaremos en otro momento. Bien merece la pena presentar el nº 342 de la Autobiografía íntegramente: “En un principio que estaba en Vich pasaba en mí lo que en un taller de cerrajero, que el Director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado lo saca y le pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo, y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el director. Vos, Señor mío y Maestro mío, pusisteis mi corazón en la fragua de los santos Ejercicios espirituales y frecuencia de Sacramentos, y así, caldeado mi corazón en el fuego del amor a Vos y a María Santísima, empezasteis a dar golpes de humillaciones, y yo también daba los míos con el examen particular que hacía de esta virtud, para mí tan necesaria”.

                Tal como presenta la alegoría de la fragua en este número, la humildad se alcanza por gracia de Dios y esfuerzo nuestro.

                La gracia de Dios es la experiencia de su amor que caldea y ablanda nuestro corazón. Él veía su amor en los Ejercicios Espirituales y en la frecuencia de los Sacramentos. Pero podemos decir -y estoy seguro que San Antonio Mª Claret estaría totalmente de acuerdo- que una mirada contemplativa ve el amor de Dios en cada situación, acontecimiento, persona… Es la mirada de la “atención”, del que sabe “saborear” cada instante y momento de la vida. El que tiene esta mirada tiene una “sabiduría” especial, es decir, saborea la vida en lugar de ser devorado por los acontecimientos y circunstancias de la misma.

                El amor de Dios lo podemos sentir también en “golpes de humillaciones”. Para muchos costará entender este punto de reflexión, y es que son necesarias“dos gotitas del colirio de la fe” para ver y entender. Dios nos muestra igualmente su amor en los acontecimientos de contrariedad y dolor. ¿Por qué? Independientemente del fondo de misterio que no podemos penetrar, somos probados en fidelidad, y en la fidelidad hay mucha fe y amor. En este sentido es sugerente aquella situación que le aconteció a Santa Teresa de Jesús camino de una de sus fundaciones: se le rompió una rueda del carro, y ante la impaciencia que le generaba el contratiempo sintió la voz de Dios que le decía “¡ánimo Teresa! esto le sucede a mis amigos”, a lo que ella respondió con su característico genio y desparpajo “por eso tienes tan pocos”.

                Junto con este amor de Dios para crecer en humildad, tenemos también que ejercitarnos en una serie de disciplinas. Claret habla del examen particular de dicha virtud. A esta disciplina añadiría yo la penitencia y la oración. En una sociedad tan hedonista como la nuestra hablar de penitencia se interpreta como masoquismo, y, sin embargo, nada más lejos de la realidad: en el masoquismo se busca el dolor por sí mismo, pues se encuentra en él un pseudo-placer; mientras que en la penitencia cristiana, asociados a Cristo doliente nos fortalecemos con ciertas renuncias para estar más disponibles al amor.

                Unidos también al amor de María Santísima, como Claret, examina tu humildad para que siempre y en todo momento salga ganando la caridad.

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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