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«Una voz que me dice…»

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

05 de Noviembre de 2017: XXXI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Mt 23, 1-12

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

El episodio que hemos leído sirve de introducción a un severo juicio contra «los maestros de la ley y los fariseos». Ellos eran quienes, en tiempos del evangelista, controlaban el judaismo, y sobre ellos recae la condena a Israel por haber rechazado al Mesías de Dios. Aunque la lectura litúrgica omite las expresiones más ásperas (Mt 23,13-39), nos encontramos sin duda ante una de las páginas más «incómodas» del evangelio de Mateo.

Si bien Jesús critica a «los maestros de la ley y los fariseos», no es a ellos a quienes habla directamente, sino «a la gente y a sus discípulos». Pero a través de estos destinatarios originales, Mateo se dirige a un «vosotros» (v. 8) tras el cual se oculta la comunidad cristiana, que debe revisarse en profundidad para no caer en los mismos vicios y defectos de quienes son vistos como adversarios. Podemos distinguir dos partes en este pasaje. La primera está formada por los w. 2-7, y en ella se censura el comportamiento de los líderes espirituales del pueblo.

Jesús no niega la legitimidad de la enseñanza de los letrados y fariseos. Lo que es rechazable son sus obras porque «no hacen lo que dicen». Su hipocresía se manifiesta en su inflexibilidad a la hora de exigir a otros el cumplimiento de normas y preceptos legales de los que ellos se eximen con facilidad. Ésas son las «cargas pesadas e insoportables» que colocan sobre la gente y contrastan con el «yugo ligero» que Jesús impone a quienes le siguen y aprenden de él (Mt 11,28-30). Más aún, su incoherencia de vida radica en que sus actos no están motivados por el deseo de hacer lo que Dios quiere, sino por el afán de aparentar. Todo en ellos está calculado para obtener el reconocimiento público de los demás.

El «código del honor» vigente en la época exigía que los varones respetables exhibiesen un comportamiento digno de su condición para ser así bien considerados. Y esto tenía que ver, por ejemplo, con la forma de vestir, la ocupación de lugares distinguidos en eventos sociales y religiosos y la utilización de ciertos títulos honoríficos.

La segunda parte del pasaje (vv. 8-12) contiene una clara advertencia a la comunidad cristiana para que no caiga en la misma tentación que los escribas y fariseos. En ella no existe competición por títulos y puestos de honor. El ejercíció de diferentes funciones no debe ser ocasión para Introducir clases y escalafones. Al contrario, el que quiera aparecer como «mayor» debe actuar como «servidor». La Iglesia es presentada así como una fraternidad radical en la que todos son hermanos y discípulos sin distinciones, reunida como una familia en torno a un solo Padre -Dios- y a un único Maestro -el Mesías-. Y lo que hace honorables a sus miembros no son los títulos, los signos externos de prestigio, sino el ejercicio de la solidaridad fraterna a ejemplo de Jesús (Mt 20,25-28).

Es verdad que Jesús entró en conflicto con las autoridades de su pueblo, pero la situación que se refleja en este pasaje responde a aquella con la que se enfrentaron las comunidades cristianas después del año 70 d.C. A partir de ese momento el grupo de los fariseos se hizo con el control del judaismo y acabó expulsando de su seno a quienes confesaban como Mesías al rabino de Nazaret. El evangelio de Mateo refleja cómo vivió esa ruptura traumática una comunidad cuyos miembros eran mayoritariamente de origen judío. Considerando estas circunstancias históricas interpretaremos adecuadamente estos textos. Entenderemos además que, en este contexto polémico, se nos presente una peculiar imagen de los dirigentes religiosos israelitas, de quienes se exagera lo negativo y se ignora lo positivo. Tras ella se adivina, en realidad, la situación de una Iglesia en la que se iba infiltrando esa tendencia a reproducir las mismas estructuras de poder que imperaban en la sociedad.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

El texto evangélico que acabamos de leer mantiene una tremenda vigencia. A través de él Jesús sigue criticando nuestra facilidad para asimilarnos a los valores de la sociedad y nos invita a preguntarnos hasta qué punto vivímos en la Iglesia ese ideal de servicio y fraternidad que Él nos plantea.

“Uno sólo es vuestro Padre…” ¿Qué imagen de Dios se refleja en este pasaje? ¿De qué manera determina esa imagen nuestra relación con Él y con los demás?

Todos vosotros sois hermanos”: ¿Qué nos falta y qué nos sobra como Iglesia para acercarnos más a ese ideal de servicio y fraternidad que Jesús nos propone en el evangelio de hoy?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

Nos sentimos familia de hijos y hermanos reunidos en torno al Padre común. Nos sabemos discípulos del único Maestro, y de él queremos aprender a valorarlo según los criterios del Reino.

Oramos espóntaneamente y compartimos nuestra ORACIÓN con los demás miembros del grupo.

Rezamos el salmo responsorial de hoy. Mientras un miembro del grupo lo lee en voz alta, los demás lo escuchan en silencio manteniendo unidas las manos como signo de fraternidad. SALMO 130:

Señor, mi corazón no es ambicioso, / ni mis ojos altaneros; / no pretendo grandezas / que superan mi capacidad.

Sino que acallo y modero mis deseos, / como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor / ahora y por siempre. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

“No hacen lo que dicen”. ¿En qué sentido interpela tu coherencia de vida la crítica que Jesús hace a los escribas y fariseos?

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