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«Una voz que me dice…»

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

29 de Octubre de 2017: XXX DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Mt 22, 34-40

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

Amar a Dios y amar al prójimo. Cuando le preguntan a Jesús en el evangelio acerca del mandamiento principal, él responde uniendo dos citas del Antiguo Testamento para expresar que con el mismo corazón se debe amar a Dios y a todos los seres humanos. El evangelio de este domingo recoge la tercera y última controversia de una serie que comienza con la que leímos el domingo anterior. Ante una nueva pregunta malintencionada Jesús, una vez más, supera la estrechez de miras de los fariseos y, con la autoridad que le negaban, enseña cuál es el fundamento de la Escritura.

Los fariseos, viendo el cariz que estaban tomando las cosas tras las intervenciones de sus enviados (Mt 22,15-21) y de los saduceos (Mt 22,23-32), vuelven a reunirse con la renovada intención de encontrar un motivo en las palabras de Jesús para acusarlo. Para formular esta última pregunta no envían ya a uno de sus discípulos, sino a un experto en la ley.

En esta ocasión, el tema que le proponen no tiene tintes políticos, como en el evangelio del domingo pasado, sino estrictamente religiosos. Se trata de dejar claro que Jesús no sabe interpretar la ley y, por lo tanto, no es una persona digna de crédito. La pregunta es difícil: entre los judíos había entonces gran división de opiniones acerca de cuál era el mandamiento más importante. El estudio de la ley de Moisés les había llevado a deducir de ella una serie interminable de mandamientos, hasta llegar a sus 248 preceptos y 365 prohibiciones. Con el fin de vivir en total fidelidad a la ley, habían multiplicado tanto los mandamientos que eran incapaces no ya de cumplirlos, sino incluso de recordarlos. Mediante eruditas disquisiciones los maestros de la ley trataban de establecer una jerarquía entre sus normas. En esa discusión pretenden involucrar a Jesús y ponerlo en evidencia.

A diferencia de ocasiones anteriores, la respuesta de Jesús es directa, como leemos en los versículos 37 y 38. En ella cita un pasaje de la Escritura, tal como hacían los maestros de la ley en sus discusiones sobre el tema. El texto elegido (Dt 6,5) es el mandamiento del amor a Dios, recitado diariamente por los judíos como parte de su oración Shemá Israel. El primero de los mandamientos es, pues, el amor a Dios. Este amor debe ser con todo el corazón -íntegro, no dividido-, con toda el alma -con la vida entera- y con toda la mente -en una búsqueda del conocimiento pleno de Dios-. Pero Jesús, no conforme con haber respondido a la pregunta, propone un segundo mandamiento, semejante en importancia al anterior. En esta segunda parte de la respuesta (v. 39), Jesús cita de nuevo la Escritura. Esta vez, un pasaje del libro del Levítico (Lv 19,18): «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». En la época en la que se escribe el evangelio se discutía acerca de si prójimo era sólo quien pertenecía al pueblo de Israel o también el extranjero que se hubiera instalado en sus tierras. Jesús amplía el sentido de prójimo a todos los seres humanos («amad a vuestros enemigos», leemos en Mt 5,43-48). Este amor no es un sentimiento, una simpatía que brota espontáneamente, sino un comportamiento solidario: en este sentido prójimo es, especialmente, todo ser humano débil, necesitado, enfermo… El amor al prójimo es un mandamiento semejante al del amor a Dios. Pero Jesús aún da un paso más mostrando dónde encontrar el fundamento de la ley de la que su interlocutor es experto.

Jesús no se queda en la pregunta de aquel experto en la ley, sino que sitúa su respuesta en un nivel mucho más profundo. Utilizando un recurso propio de los buenos conocedores de la ley, une dos citas de la Escritura relacionando dos mandamientos que en su origen estaban separados. Ambos mandamientos son semejantes, dice el texto, y constituyen el fundamento de la ley y los profetas, es decir, lo que los cristianos de la época del evangelista conocían como nuestro Antiguo Testamento. Lo verdaderamente importante no es saber cuál es el mandamiento principal, sino dónde está el origen de todos ellos. Del mandamiento del amor a Dios y al prójimo se derivan todas las enseñanzas de la ley y los profetas. La comunidad de Mateo, distanciada ya del judaismo de la época, recibió de Jesús este doble mandamiento del amor no sólo como la invitación a abrir su vida a Dios y al prójimo, sino también como la llave que le permitiría leer e interpretar en cristiano las Sagradas Escrituras que había recibido.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”: ¿Qué significa en tu día a día amar a Dios con todo el corazón?

Este es el primer mandamiento y el más importante”: ¿Realmente todo en tu vida está ordenado desde el cumplimiento de este primer mandamiento?

El Reino de Dios se fundamenta en el amor. ¿Qué características tendría una sociedad constituida sobre los pilares del amor a Dios y al prójimo?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

Jesús es el mejor modelo de amor a Dios y a la humanidad. Obediente al Padre y comprometido con la salvación de todos los seres humanos, lleva su amor a hasta las últimas consecuencias: su muerte en la cruz. Como discípulos suyos, le pedimos que nos enseñe a amar, que nos muestre el camino que conduce al amor perfecto a Dios y a los hermanos.

Oramos espóntaneamente y compartimos nuestra ORACIÓN con los demás miembros del grupo.

Cantamos COMO EL PADRE ME AMÓ

Como el Padre me amó

yo os he amado.

Permaneced en mi amor,

permaneced en mi amor. (bis)

Si guardais mis palabras

y como hermanos os amais,

compartireis con alegría

el don de la fraternidad.

Si os poneis en camino

sirviendo siempre a la verdad,

fruto daréis en abundancia;

mi amor se manifestará.

No veréis amor tan grande

como aquél que os mostré.

Yo doy la vida por vosotros,

amad como yo os amé.

Si hacéis lo que os mando

y os queréis de corazón,

compartiréis mi pleno gozo

de amar como Él me amo.

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

“Amarás al prójimo como a ti mismo”: ¿Desde qué otras claves estableces en ocasiones tu relación con las personas? ¿A qué te invita concretamente el evangelio de hoy?

Las palabras de Jesús contienen también una valoración positiva del amor a uno en relación con el amor a Dios y al prójimo. ¿Cómo cuidas tus proyectos personales, tu salud, tu propia felicidad?

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