Desde que comencé a menudear las páginas de la Autobiografía de Claret, me chocó su inclinación por dirigirse a Dios con la interjección “¡Oh!” por delante. Comprueben, por favor, el mismo texto autobiográfico y vean la cantidad de veces que pone porescrito esa fórmula (Aut. 21, 35, 41, 42, 65….etc.). [Podéis encontrar la Autobiografía de Claret desde la sección sobre el mismo en esta web, aquí. O en este enlace directo]

¿Se trata de una ingenua cursilería?¿Acaso de artificio decimonónico? Parece que no. Claret era poco dado a afectaciones y a aspavientos. Pero, eso sí, era muy afectivo. Por eso, interpreté esa manera desinhibida de dirigirse a Dios como un signo de autenticidad. Si es verdad que no se puede hablar con y de Dios sino apasionadamente, en la brevedad telegráfica de sus exclamaciones, me pareció adivinar un venero fecundísimo de ardor. Asíoraba Claret. Así balbuceaba en el Espíritu. Tal vez sin saberlo, nuestro Fundador dejó entrever su intimidad más honda entre signos exclamativos e interjecciones.

Tal vez algún día alguien se atreva a explorar más hondo y llegar a algo así como una Teología de los “oh” de Claret. Mientras tanto, nos toca a nosotros raspar en esas dos letras, y comprobar que debajo hay una permanente relación personal, una experiencia de sentirse querido (“¡qué bueno habéis sido conmigo!” repite una y otra vez), un calambre de admiración estremecida, una mezcla de confianza y reverencia,… Es un “oh” perfumado. Su briosa vitalidad apostólica no podía nacer sino de una vivencia tan honda que acertó a expresarla de la forma más acertada con un “oh” repetido y conmovido. Lo mejor de los humanos suele ser inefable.

Juan Carlos Martos, cmf

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