Como quien pisa
una  alfombra de besos y caricias,
déjame al menos esta tarde
entre las manos.

Déjame recorrer las calles
y escuchar el silencio de los labios
fundidos en el tacto.
Déjame acariciar las luces últimas
de esta tarde quebrada
como la piel de un grito.

Déjame contemplar el rostro
de la mar entregada a los desvelos.
Las caracolas enmudecen
y sus ecos navegan
como gaviotas de espuma
en la piel de cada ola.

Una luna sin rumbo
abre un hueco en la noche
y desata los nudos de las algas.
Contemplo el mar como una hoguera
de violetas marchitadas.
Y una canción de cobre humedecido
salpica de sal los sabores
de las palabras trastornadas.

Me resisto a secar el llanto
de mis ojos como luceros
que navegan la noche
y buscan entre las olas apagadas
un beso de coral y de penumbra.

Navega la ciudad a la deriva
y un silencio de cóncavos espejos
abriga la nostalgia.

El mar, la mar, las caracolas
y las dunas, las algas y el rumor
de unos besos lejanos me convocan
a apacentar la vida.

Blas Márquez, cmf

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