Con esta nueva “gota” presentamos una preciosa imagen para seguir hablando de la humildad. Dice Claret: “Yo conocía que el verdadero humilde debe ser como la piedra, que, aunque se vea levantada a lo más alto del edificio, siempre gravita hacia abajo” (Aut. 350). La observación de Claret es semejante a la de Newton. El científico británico por la simple caída de una manzana se le iluminó la fuerza de la gravedad, y Claret por la simple caída de una piedra con esa misma fuerza se le iluminó la virtud de la humildad, tan necesaria en el hombre para el encuentro con Dios.

                La gravedad es la fuerza que sobre todos los cuerpos ejerce la Tierra hacia su centro. Si nosotros somos “la piedra” podríamos comparar la Tierra con Dios que nos atrae hacia Sí. Ahí, adherida a la Tierra, es donde encuentra la piedra su verdad; y con la verdad su serenidad. La humildad nos atrae hacia Dios, y nos aporta la paz que necesitamos, pues la humildad es matar nuestro ego idolatrado para que solo sea Dios el que vean otros con nuestra presencia.No hay nada que canse más en la vida que estar continuamente defendiendo nuestro ego; ni nada que nos haga descansar más que mostrarnos tal como somos, con nuestras carencias y posibilidades, porque la humildad no es negar la verdad. Y digo esto porque a veces nos reconocen cosas bien hechas y lo negamos,¡esto es falsa humildad!

                Continuando con el símil y sacar otra aplicación práctica, podemos decir que una “piedra” en el aire es altanera y peligrosa. Dicen que cuando un perro nos sale por un camino basta coger una piedra para que corra y huya, pero si la piedra se deja en el suelo el perro no dejará de ladrar. A la persona altanera y soberbia todo el mundo le teme y huye; a la persona humilde con mucha facilidad se le “ladra”. ¡Preferible que nos “ladren” a que nos teman!

                Gravitar hacia abajo es coger siempre “el último puesto” (cf. Lc 14,7-11), el que nos corresponde. ¡Este es nuestro lugar! Y cuando este “lugar” se vive con paz interior es cuando Dios nos susurra al oído que “los últimos serán los primeros” (Mc 10,31). ¡Ánimo!, Nuestro Señor nos ha precedido en el camino de “los últimos” (cf. Jn 13,1-8).

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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