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“Una voz que me dice…”

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

17 de Septiembre de 2017: XXIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Mt 18, 21-35

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

En el pasaje del evangelio que acabamos de leer podemos distinguir dos partes: la primera contiene la pregunta de Pedro a Jesús y la concisa respuesta del maestro (v. 21-22), y la segunda, una parábola sobre el perdón (23-35).

Como sabemos, con el número siete se expresa en la Biblia la totalidad y la perfección. Pedro pregunta acerca del perdón al hermano, pero realmente no pretende averi#guar el número de veces que le tiene que perdonar, sino cuál debe ser la calidad de ese perdón. Y Jesús responde exactamente a su pregunta: hay que perdonar “setenta veces siete”, es decir, el perdón ha de ser perfectamente perfecto, infinitamente infinito. Además, en esta respuesta de Jesús hay otro elemento importante que no pasó desa#percibido a su auditorio. En el primer libro de la Biblia, el castigo prometido a quien atentara contra Caín y contra Lamec era de 7 y de 77 veces, respectivamente (Gn 4,15.24). Jesús realiza un cambio radical en las relaciones entre las personas: de la venganza sin límites se pasa al perdón sin límites. Los versículos siguientes, que recogen la parábola del perdón, proponen la razón de este cambio.

El versículo 23 compara el Reino de los Cielos con lo que sucede con un rey y sus siervos. En la primera escena (Mt 18,24-27) comparece un siervo cuya deuda con el rey era prácticamente impagable (diez mil era en griego el número máximo, y el talento la moneda de más valor. Ante la perspectiva de ir con toda su familia a la cárcel) este siervo, que debía ser un hombre importante si habia llegado a contraer tamaña deuda, suplica paciencia y se compromete a pagar. El rey escucha al siervo y va mal allá de lo que le pide: de manera increíble, le condona toda la deuda. Cuando pasamos a leer la segunda escena (Mt 18,28-30) enseguida nos damos cuenta de que el evangelista la plantea como un calco de la primera, para lasdiferencias entre ambas resalten más.

El encuentro se produce ahora entre dos personal de la misma condición, dos “compañeros”, y los cien denarios son una cantidad insignificante comparados con la anterior. El acreedor tiene agarrado por el cuello al deudor y, en lugar de tener paciencia ante la súplica de éste, le envía a la cárcel. El desenlace de la historia lo encontramos en la tercera escena (Mt 18,31-34), motivado por la indignación que lo ocurrido provoca entre los demás compañeros. El rey le recuerda a ese siervo cómo le había perdonado su deuda impagable y le recrimina que no haya actuado de forma similar con el otro que le debía una minucia. Por ello le envía a la cárcel y le exige el pago de toda su deuda.

Realmente, la manera como actúa el acreedor era la normal en la vida cotidiana: si provoca indignación es porque el evangelista tiene la habilidad de presentarla en paralelo al perdón sobreabundante del rey, a quien el auditorio ha identificado con Dios desde el principio de la parábola. De esta forma, Mateo quiere llamar la atención a la comunidad a la que escribe porque tal vez en muchas ocasiones está actuando como ese acreedor, y, al mismo tiempo, proponerles la Buena Noticia del Reino de los Cielos, que establece el orden supremo de la misericordia. El perdón al hermano no es algo accesorio: se sitúa en el centro de la relación del creyente con Dios y le capacita para acoger su misericordia.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

En nuestra relación con Dios siempre están presentes nuestros hermanos. Él toma la iniciativa en el amor y la compasión, y nos enseña a progresar en la senda del perdón. Desde el nuevo orden de la misericordia en el que Dios nos coloca podemos ver un horizonte de esperanza en medio del odio y la venganza que aparecen sembrados en nuestra historia cotidiana.

El siervo había sido perdonado, pero no había experimentado realmente el perdón. ¿Cómo he experimentado en mi vida la misericordia y el perdón de Dios?

¿Qué me parece más sorprendente de este Dios del que me habla el evangelio?

“Porque con el Reino de Dios sucede…” ¿Qué pistas sugiere el evangelio de hoy para la transformación del mundo según el proyecto de Dios?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

Le expresamos a Dios nuestra acción de gracias por su misericordia y le pedimos que nos ayude a crecer en el ámbito del perdón.

Oramos espóntaneamente y compartimos nuestra ORACIÓN

Recitamos el SALMO 102, que propone la liturgia de este domingo:

Oración del afligido que, en su angustia, derrama su llanto ante Yahveh.

Yahveh, escucha mi oración, llegue hasta ti mi grito;

ne ocultes lejos de mí tu rostro el día de mi angustia; tiende hacia mí tu oído, ¡el día en que te invoco, presto, respóndeme!

Pues mis días en humo se disipan, mis huesos arden lo mismo que un brasero;

trillado como el heno, mi corazón se seca, y me olvido de comer mi pan;

ante la voz de mis sollozos, mi piel a mis huesos se ha pegado.

Me parezco al búho del yermo, igual que la lechuza de las ruinas;

insomne estoy y gimo cual solitario pájaro en tejado;

me insultan todo el día mis enemigos, los que me alababan maldicen por mi nombre.

El pan que como es la ceniza, mi bebida mezclo con mis lágrimas,

ante tu cólera y tu enojo, pues tú me alzaste y después me has tirado:

mis días son como la sombra que declina, y yo me seco como el heno.

Mas tú, Yahveh, permaneces para siempre, y tu memoria de edad en edad.

Tú te alzarás, compadecido de Sión, pues es ya tiempo de apiadarte de ella, ha llegado la hora;

que están tus siervos encariñados de sus piedras y se compadecen de sus ruinas.

Y temerán las naciones el nombre de Yahveh, y todos los reyes de la tierra tu gloria;

cuando Yahveh reconstruya a Sión, y aparezca en su gloria,

volverá su rostro a la oración del despojado, su oración no despreciará.

Se escribirá esto para la edad futura, y en pueblo renovado alabará a Yahveh:

que se ha inclinado Yahveh desde su altura santa, desde los cielos ha mirado a la tierra,

para oír el suspiro del cautivo, para librar a los hijos de la muerte.

Para pregonar en Sión el nombre de Yahveh, y su alabanza en Jerusalén,

cuando a una se congreguen los pueblos, y los reinos para servir a Yahveh.

El ha enervado mi fuerza en el camino, ha abreviado mis días.

Digo: ¡Dios mío, en la mitad de mis días no me lleves! ¡De edad en edad duran tus años!

Desde antiguo, fundaste tú la tierra, y los cielos son la obra de tus manos;

ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan, como un vestido los mudas tú, y se mudan.

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

El perdón que recibimos del Señor es completo, perfecto: ¿Es así mi perdón a los que me rodean? ¿Qué dificultades encuentro para perdonar de este modo? ¿Qué estoy haciendo para crecer en el perdón a los demás?

¿De qué manera transmito el perdón que recibo de Dios al hermano que tiene una deuda conmigo?

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