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«Una voz que me dice…»

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

10 de Septiembre de 2017: XXIII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Mt 18, 15-20

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

El capítulo 18 del evangelio de Mateo contiene diversas enseñanzas acerca de la vida comunitaria. A través de ellas descubrimos una comunidad que tiene que dar repuesta a situaciones difíciles y a conflictos que van apareciendo en su interior. Los pasajes del evangelio que leemos tanto este domingo como el próximo responden a la pregunta de cuál debe ser la actitud de la comunidad cristiana ante los hermanos que tropiezan o se desvían del camino.

Para comprender mejor el sentido del evangelio de hoy conviene que distingamos en él dos partes. Los primeros versículos (Mt 18,15-17) proponen un itinerario de corrección fraterna, y los siguientes (Mt 18,18-20) recogen tres sentencias de Jesús.

La exhortación comienza con el enunciado de un caso: si tu hermano peca. No se trata de un pecado en sentido moral ni tampoco de una ofensa personal (probablemente las palabras contra ti han sido añadidas posteriormente), sino de una falta contra la comunidad. Esta situación se daba en la comunidad de Mateo, y el evangelista trata de iluminarla desde el amor y el perdón predicado por Jesús. El procedimiento que se describe aquí no es un proceso disciplinar, sino una aplicación de la parábola de la oveja perdida (Mt 18,10-14). Se trata de un hermano que se ha separado de la comunidad, y hay que emplear todos los recursos para hacer que vuelva. Esta búsqueda ha de hacerse con respeto y amor: primero en privado, para ponerle en evidencia ante la comunidad. Si no hace caso hay que mostrarle su falta en presencia de algunos testigos, como mandaba la ley de Moisés, que para muchos miembros de aquella comunidad tenía gran autoridad (véase Lv 19,17-18; Dt 19,15; y 1 Cor 5,1-8, donde puede encontrarse un procedimiento similar). Finalmente, y como último recurso, habrá que reunir a la comunidad, la cual, en caso de obstinación, tendrá que reconocer dolorosamente la situación en que este hermano se ha colocado a sí mismo. Entonces, el hermano que no ha querido reconciliarse será como un extraño para la comunidad.

Después de este instrucción acerca de la corrección fraterna el evangelista añade tres sentencias de Jesús (Mt 18,18-20) que tuvieron probablemente un origen independiente, pero que ahora sirven para fundamentar la instrucción precedente. La primera (Mt 18,18) confiere a la comunidad local la capacidad de decidir en cuestiones disciplinares. La expresión atar y desatar designaba entre los maestros de la ley la capacidad de interpretar de forma vinculante la ley de Moisés. Mateo la utiliza otra vez en su evangelio, aunque en un contexto diferente y directamente referida a la autoridad de Pedro (Mt 16,19). La segunda sentencia (Mt 18,19) especifica el clima de oración en que deben tomarse estas decisiones y asegura a los discipulos, reunidos en el nombre de Jesús, que el Padre escuchará su oración. Y, por fin la tercera, como conclusión (Mt 19,20) aborda un tema muy querido por Mateo: la presencia de Jesús en medio de su Iglesia (véase Mt 1,23; 28,20). La expresión es muy semejante a una frase que solían repetir los maestros rabínicos: “si dos hombres están hablando sobre la ley, la morada de Dios está en medio de ellos”. En la formulación cristiana (los dos reunidos) no se congregan ya en torno a la ley de Moisés, sino que lo hace en nombre de Jesús, y el resultado es la presencia viva del Señor resucitado: yo estoy allí en medio de ellos.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

Cristo está en medio de nosotros. Esta convicción afecta a toda nuestra vida: nuestra relación con él se produce en un marco de cercanía y sabemos que en la oración somos escuchados; el compromiso con los hermanos se hace más exigente por el testimonio de Jesús, que nos mueve a velar por los más débiles… Dejemos que su Palabra resuene en el hoy de nuestra vida.

¿Qué te parece más sobresaliente en el rostro de Jesús que nos propone hoy el evangelio?

En la relación con Dios, la oración ocupa un lugar privilegiado. ¿Cómo debería ser nuestra oración, en cuanto comunidad de discípulos, a la luz del pasaje que hemos leído?

¿Soy consciente de la parte de responsabilidad que tengo en la vida de los que me rodean? ¿Qué me sugiere el evangelio de hoy en este sentido?

¿Qué motivos para vivir la esperanza cristiana encuentro en el pasaje que hemos leído?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

La ofensa y el perdón, la comunidad que cuida de los suyos, la busqueda y el abandono, la presencia de Jesús de los que se reunén en su nombre, el padre del cielo que escucha la oración… Si tú estas en Dios puedes pedir lo que quieras y se te concederá… pero sólo si es para tu bien. Se trata de estar en Dios. Lo que pidas desde fuera de Dios, es magia. Dios te quiere tanto que te escucha cuando pides, y te concede lo que le pedirías si supieras lo que debes pedirle. Este es nuestro seguro de vida: Dios que vela por nuestro bien. Tenemos un sinfín de motivos para elevar nuestra plegaria de petición, de acción de gracias, de alabanza.

Oramos espóntaneamente y compartimos nuestra ORACIÓN

Recitamos la oración del padrenuestro como expresión de la plegaria unánime de los hijos de Dios

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

El evangelio habla de corrección fraterna, pero a veces nuestra corrección es más bien destructiva. ¿Qué podríamos hacer para mejorar en la corrección mutua?

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