Hace unos cuantos días que me persigue esta frase de Casaldáliga: «Mi Dios, ¿me deja ver a Dios?». La pregunta me está hiriendo por lo afiladísima que es. Me aterra esa especie de «anemia espiritual» en la que, con frecuencia, se convierte la fe. En el fondo, se produce por haber confundido a Dios con unas ideas aprendidas, o con un puñado de obligaciones molestas, o –peor aún- con una causa fundamentalista que sólo fabrica odio. Cosas así nada tienen que ver con Él.

Y a la larga, este tipo de confusiones conduce necesariamente a reducir a Dios a la insignificancia. Y como decía A. J. Heschel: “Dios no tiene ninguna importancia si no tiene la suprema importancia”. El mayor problema, la solución mayor de toda religión, de toda espiritualidad… es saber de qué Dios hablamos, a qué Dios adoramos, a qué Dios servimos, a qué Dios amamos, en qué Dios confiamos, en qué Dios esperamos. Por eso es saludable plantearse cosas como éstas: Cuando hablo de Dios, ¿de qué hablo? ¿Quién me muestra el verdadero rostro de Dios? ¿Por qué una monja ha de vivir su vocación con menos pasión o menos gozo del que sienten dos enamorados? ¿Cómo puede un cura hablar de Dios con menos entusiasmo que el esposo de la esposa o el padre de sus hijos? ¿Por qué tantos creyentes gozan menos en las iglesias que los espectadores en el cine? ¿Es, acaso, que Dios es más aburrido que un partido de fútbol o internet?

Conocer al Dios verdadero es la aventura de la vida. Se asemeja más a un terremoto que a una siesta; a un volcán que a un analgésico; a una herida que a una costra; a una pasión que a un puro asentimiento. ¿Cómo conocerle -de verdad, de verdad- y no ser felices? ¿Cómo pensar en Él sin que el corazón nos estalle? ¿Cómo hablarle sin sentir un escalofrío?

No aguanto los sermones aburridos. Todo el que aburre cuando habla es que no siente lo que dice. Cuando, en cambio, me encuentro con un cura que a lo mejor habla mal y dice cosas sabidas, pero las dice con pasión, con gozo de decir lo que predica, entonces conecto. Nunca me conformaré con vivir una fe que ni apasiona ni hace felices.

Puedo confesarlo sin rubor: me encanta ser cristiano, me encuentro muy feliz de mi vocación. También me siento muy avergonzado de vivirla tan mediocremente. Pero mi mediocridad -por grande que sea- es siempre muchísimo más pequeña que la misericordia y la alegría que Dios me concede cuando le busco. Sí, es cierto que mis estupideces y mis manías empañan un poco a Dios como las manchas al sol. Pero Él siempre seguirá ahí, brillante, luminoso, por más que también esté escondido, muy adentro, en permanente espera… A su luz es siempre primavera.

 

Juan Carlos Martos, cmf

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