Con frecuencia, siendo muy niña, salía de casa acompañada de mi abuela y emprendía el camino de tierra que, todavía hoy, une mi pueblo al pueblo vecino. Por aquél entonces se cruzaban cada tarde dos tipos de paseantes: los de todos los días y los esporádicos. Del primer grupo apenas queda alguno, y el segundo se ha visto también profundamente mermado, en número y en frecuencia. Qué pena.

A mitad del recorrido, a pocos metros del sendero, una piedra nos servía de descanso. Cada día, cientos de días, la misma piedra grande, blanca y lisa. Cada día, cientos de días, sentada al sol, con la merienda en la mano y la abuela al lado. Qué viejas eran sus manos y, sin embargo, qué firmeza. Aquellas manos que preparaban nuestra merienda habían recorrido la historia de mi familia y lo habían sostenido ya casi todo. Aquellas manos de mujer fuerte eran, en realidad, la roca en la que descansó la mayor parte de mi infancia.

¿Y qué decir de sus ojos? Creo que la magia de aquellas tardes no estaba, en realidad, en el camino de tierra que unía dos pueblos, sino en el rostro arrugado y sabio de una mujer que, con sólo mirar, era capaz de unir su corazón al mío.

Cuando la recuerdo, sonrío y no temo a la vida. Algún día seré como ella.

Martín Areta, cmf

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.