24 Septiembre 2017. Mt 20, 1-16

Qué razón tiene Isaías cuando nos dice de parte de Dios: “mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos”. Y en el evangelio de este domingo, Jesús nos lo muestra claramente en la parábola de los que van a trabajar a la viña a distintas horas del día, y todos reciben la misma paga. Siempre da la impresión de un comportamiento injusto por parte del dueño. ¿Cómo puede pagar lo mismo al que trabajó todo el día, y al que solo estuvo un rato? Pero no hay injusticia, porque al primero se le pagó lo acordado, aunque con los siguientes fuera más generoso.
Jesús no está poniendo un ejemplo de justicia distributiva, sino del amor de Dios. Recordemos lo que pasó con el “buen ladrón”, crucificado junto a Jesús: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Toda la vida de maleante y al final, en el último momento, en ese encuentro con Jesús, consigue el paraíso.
¿Por qué voy a sacrificarme toda la vida, si puedo llegar a lo mismo al final? ¿Quién no ha pensado esto alguna vez?¿Quién hay que no crea que “Dios le debe algo” por lo que ha hecho durante su vida? Tantas misas, tantos sacrificios, tanto aguantar…
Pero ¿acaso no es esto la postura del hermano del Hijo Pródigo?
Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Su justicia no sigue criterios humanos. Está basada en el amor sin límites. Y es mucho más generosa de lo que podemos pensar.
Dios es todo amor, y el amor, cuanto más se da, más se tiene.

Juan Ramón Gómez, cmf

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