En 1998, el realizador australiano Peter Weir (de filmografía interesante y digna de seguir) filmó una película, El show de Truman, que en clave distópica, anticipaba algunas situaciones que el paso del tiempo ha ido desvelando posibles: la intromisión de la tecnología en la vida cotidiana del protagonista le convertía, sin saberlo, en sujeto de un espectáculo de masas. El círculo, película que hoy comento, retoma en parte el eje argumental del film mencionado, al ofrecernos una visión, por momentos preocupante, del papel de la tecnología en la vida diaria de los seres humanos.

La protagonista es una joven que al principio del film tiene un empleo precario. Gracias a la ayuda de una amiga y a su iniciativa y creatividad es contratada por una empresa de tecnología, “El círculo”, que amplifica sus redes (sociales) a un ámbito global. El dueño o inventor del negocio, interpretado por Tom Hanks, es presentado con rasgos reconocibles de conocidos gurús de la comunicación, llámense Steve Jobs o Mark Zuckerberg, artífices de Apple o Facebook, respectivamente.

Mae, a la que interpreta Emma Watson, alejada definitivamente del mundo de Harry Potter, adquiere un protagonismo inesperado en la empresa tras sufrir un pequeño accidente náutico del que es salvada gracias a los artilugios mecánicos de “El círculo”, que permiten controlar el lugar donde Mae navegaba tranquilamente en canoa. Esto la lleva a conocer al diseñador de la red que, en un hábil ejercicio de manipulación, consigue de ella que se preste a ser parte de un experimento: llevar una cámara las veinticuatro horas del día y publicitar su vida alcanzando la transparencia total. Este hilo es el que emparenta El círculo con El show de Truman, citado al comienzo de esta reseña. Naturalmente, la situación se hace más compleja, afectando a Mae, a sus padres, y amigos más cercanos.

Estamos invadidos por todos lados por sistemas de comunicación y redes sociales que pretendidamente acercan a las personas y facilitan la relación entre ellas. Con frecuencia, nos previenen acerca de los riesgos de las redes sociales, que pueden atentar contra el derecho a la intimidad. Este contexto está reflejado en la película que, aunque pueda parecerlo, no tiene nada de distópica. Lo que se ve ya existe. La negación de la privacidad, o el riesgo de manipulación que se cierne sobre nosotros, es presentado en la película como parte de una evolución positiva. Sin embargo, el desarrollo de la historia pone en duda la bondad del proyecto, y trastorna la vida de la protagonista que pone en duda la decisión tomada. No obstante, el ambiguo final de la película nos hace desconfiar que haya aprendido una buena lección de la experiencia vivida.

 

Antonio Venceslá, cmf

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