En Julio, dos claretianos de Bética, José Ramón García y José Antonio Benítez, participaron en una experiencia intercongregacional de contacto con migrantes y refugiados en Melilla. José Ramón puso algo de lo vivido por escrito. Aquí tenéis su reflexión completa:

Del 14 al 29 de Julio hemos estado en un campo de trabajo en Melilla catorce religiosos de nueve congregaciones distintas, provenientes de distintos lugares de la península. El objetivo era acercarnos y sensibilizarnos ante la realidad de los Migrantes y refugiados desde el contexto concreto de Melilla, compartir una experiencia inter-congregacional de trabajo en este campo (incluso con vistas a una proyección futura del mismo), darnos cuenta de que es posible la convivencia entre distintas religiones y culturas (en Melilla conviven sin dificultades personas de las cuatro religiones: cristianas, musulmanes, budistas y judías) y apoyar en el trabajo que ya realizaban las distintas instituciones dónde trabajamos esos días (Divina Infantita y el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes –CETI-)

Fue una experiencia linda y dura: linda por la buena convivencia y compartir entre nosotros, por las hermanas de la Divina Infantita que nos acogieron con todo su amor y cuidado, por la bienvenida de las niñas de la Divina Infantita, por las personas y congregaciones religiosas con las que pudimos contactar y compartir, por acercarnos a otra realidad, por el trabajo realizado, por las ilusiones y esperanzas que traen muchos inmigrantes a pesar del sufrimiento, por ver el trabajo que realizan religiosos/as y otras instituciones con los refugiados y migrantes… Pero dura por ver, oír y sentir el dolor de tanta gente, las experiencias duras de su vida, la marginación de muchos, sus “esperanzas” y miedos, los miedos de los melillenses, los lugares que visitamos, ver una Iglesia muchas veces de “espalda” a esta realidad,… Tanta problemática y marginación concentrada en tan sólo 12 kilómetros cuadrados, que es lo que mide la ciudad de Melilla…

No voy a hacer una exposición de todo el trabajo y la experiencia realizada, sino que destacaré algunas vivencias personales y compartidas con José Antonio Benítez, los dos claretianos que fuimos.

Quizás una de las vivencias que más nos marcaron casi al llegar es ver la desgraciadamente “famosa” valla de Melilla. El corazón se queda sobrecogido, y la oración y el enojo surgen igual de espontáneos cuando imaginas y escuchas testimonios de lo que supone llegar hasta ese punto y luego tener que saltar, terminándote de herir o morir en esa infame valla, para poder llegar a otra frontera que hemos creado las personas e intentar –simplemente- vivir mejor y más dignamente. Son en realidad cuatro vallas, ya que primero están las concertinas, y luego otras tres vallas con pasillos en medio: una valla que al bajarla te encuentras con un enmarañado de cables de acero, luego otra vaya donde te espera la policía marroquí (pagada por nosotros también) y con puertas para volverte a echar para atrás a palos, si hace falta, y aún otra vaya más adelante que subir y bajar… Y por fin, tierra española, Melilla. Y testimonios –de gente en el CETI que lo ha vivido personalmente, o de personas que trabajan allí con ellos y conocen sus historias, o de los religiosos/as que los atienden y visitan en otros lugares- que hablan de muchos meses de penares y sufrimientos, de guerras, de esconderse, de ser perseguidos, de ser violados, de ser engañados, de ser apaleados,… de ser “crucificados”.

Otra vivencia que me sobrecogía era cuando en el CETI escuchaba llorar a niñ@s, que eran inconsolables, en las clases o en la guardería. Y el comentario de algunos de los trabajadores –benditos ellos- que los atendían: “El viene con su familia de Alepo. Sabrá Dios lo que ha vivido”; “Es que piensa que su madre al dejarlo en clase lo va a abandonar”… Infancia marcada y traumatizada… Y por algo tan casual como el lugar dónde te ha tocado nacer y vivir…

Hacía también un esfuerzo grande por contener las lágrimas ante aquellos que te contaban de dónde venían, el tiempo de estancia en el CETI, vida estancada durante meses, y que mantenían aún la esperanza en medio del dolor: “Quiero quedarme en España, ir a Alemania, a Bélgica, a Francia…” Y las preguntas en el corazón: ¿Cuántos conseguirán llegar y vivir con dignidad? ¿Cuánta familia hay detrás esperando su “progreso” y ellos con la “carga” de tener que estar ahí sin hacer nada y no saber hasta cuándo? Y nuevamente la oración espontánea por cada uno: que lo puedan conseguir, dales fuerzas, ayúdalos, que no pierdan la esperanza y que ésta se haga realidad; abre nuestros corazones, nuestras fronteras y las fronteras de los países para que, simplemente, puedan vivir; dale fuerzas a aquellos que no consiguieron llegar; acoge a los que murieron en el intento… Es increíble ver cómo el ser humano puede mantener la esperanza…

Y cuando llegamos al Monte Gurugú (en Nador, Marruecos) me vino a la cabeza – y así lo vivencié -, la frase que me dijo hace años un hermano de San Juan de Dios al entrar en uno de sus hospitales: “estás pisando en tierra sagrada, pues donde hay dolor es lugar de encuentro con Dios”. Sobrecoge el corazón saber que en esos montes, después de meses de caminata, sufrimiento y persecución, viven seres humanos escondidos y perseguidos en espera de poder saltar una valla con la esperanza de una vida mejor. Gente que no puede ni bajar a la ciudad por miedo a los marroquíes, que los rechazan y los maltratan, por decirlo suavemente. Y en medio de ellos un grupito de religiosos y religiosas en un trabajo intercongregacional, que en una labor encomiable y un amor inmenso, son casi los únicos que van a visitarlos (han entrado también otras organizaciones hace poco tiempo, como Agnur, Save the Children…), a llevarles comida y ropa, a interesarse por su vida y su suerte, a mostrarles que a alguien y a Dios le interesan sus vidas,…

Estas cuatro congregaciones que trabajan en Nador –Franciscanas Misioneras de la Caridad, Jesuitas, Hijas de la caridad y Divina Infantita- tienen también unas pocas habitaciones para acoger temporalmente a gente que necesita ir al hospital (porque llega herida al Gurugú, por las heridas producidas en la valla que no han logrado saltar, porque han enfermado, para dar a luz,…). Casualmente tenían acogidas a cinco mujeres que acababan de dar a luz (hijos concebidos por el amor o por las violaciones sufridas en el camino). Mujeres africanas con niñ@s recién nacidos en sus brazos o sobre la cama…La vida mantiene la esperanza… Pero las mujeres que estaban ahí o que vendrán, sólo podían permanecer un mes en ese lugar, en ese remanso de paz y de vida, porque había que liberar el espacio para otr@s, ya que el trasiego es continuo. Y sobre su futuro, nos decían las hermanas: “unas vuelven al monte, otras retroceden hasta donde tienen algún familiar, otras se dedican a la prostitución para mantener a sus hijos,…” Esta vez si me tuve que secar las lágrimas… Lágrimas y silencio… junto a la Cruz. Y escuchas el grito: “¿Por qué me has abandonado?” Grito dirigido a Dios y a nosotros…

Y destacar también la experiencia de alegría, de gozo y esperanza con los inmigrantes y refugiados, cuando nos pasábamos horas en las clases de percusión con los adultos o con los niños. Unos tocábamos, las mujeres bailaban, y un gran educador del CETI nos comentaba: “Con este rato que aquí están pasando, yo ya me doy por satisfecho. Al menos durante este rato olvidan el horror de lo sufrido en el camino para llegar hasta aquí, y se divierten y expresan de otra forma”. Y sobre todo, el día en que hacían pública la lista de las personas que dejaban el CETI para ser trasladadas a los centros de acogida en la península. Verlos correr anunciándolo a sus amigos (como algunas escenas de resurrección del Evangelio), reuniéndose por grupos espontáneamente para hacer fiesta con música y danzas, y el grito “salida, salida” escuchándose por todos lados, ponía los pelos de punta. Y la alegría en el muelle, mientras embarcaban, y nuevamente la palabra mágica: “salida, salida”. También se llora de alegría.

José Antonio y yo, y todos los que estuvimos, agradecemos a Dios la posibilidad de acercarnos a esta realidad que nos sensibiliza ante este mundo y que nos desafía -a nosotros y a todos- a escuchar y dar respuesta –como el Padre Dios y tantos herman@s- al grito “rompedor y sangrante” de la Cruz. También a quienes en el CETI u otras instituciones –religiosas o no- trabajan con vocación para ayudar a los inmigrantes y refugiados. Y agradezco, sobre todo, el testimonio increíble de los hermanos y hermanas religiosas que entregan su vida en Nador y en Melilla acompañando a estos herman@s nuestros que huyen del hambre y las guerras. Ellos muestran con su vida el rostro de Amor y Misericordia de Dios (Alá, Yahvéh, Jesucristo,… todos son Amor, no importa tanto el nombre…)

José Ramón García, cmf.

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