Dentro del capítulo de las conversaciones familiares, dice Claret que cuando “oía el canto de los pájaros les hablaba del cántico eterno y nuevo del cielo”. He de confesar que me hubiese gustado escuchar con cierta curiosidad cómo podía hablar Claret del cántico celestial pues lo desconozco totalmente. No sé cómo será este cántico ni creo que el más sublime y sacro de los compositores clásicos, como puede ser Johann Sebastian Bach, se le pueda comparar a la armoniosa conjunción de notas musicales que nos tenga preparada el Padre celestial.

                A decir verdad, y saliendo ya de formas literarias, ni siquiera creo que haya notas musicales elaboradas por el Padre celestial –y que me perdone quien así lo crea-. Se trata de una metáfora para que podamos mínimamente imaginar el gozo pleno del encuentro con Dios. La música celestial en la que creo y espero es el silencio. Decía Beethoven “no rompas el silencio si no es para mejorarlo”. Sinceramente creo que el silencio no se puede mejorar por muy bella que sea la sonata “Claro de luna” del romántico y genial compositor alemán. El silencio es la atmósfera que hace posible el más feliz y fecundo encuentro con Dios. Es posible que alguien piense en el silencio del vacío. ¡Este silencio sería la más terrible de las fatalidades! El silencio en el que creo y espero es un silencio habitado y sonoro, y de este silencio sí puedo y me atrevo a hablar, pues se trata de algo experimentado y sentido.

                En el silencio se gesta la vida de toda criatura en el seno materno, en el silencio germina la vida de una semilla en el seno de la tierra… siempre en el silencio brota la vida. De la misma manera en el silencio de mi oración contemplativa vivida a diario brota, como en María, la vida del Verbo Encarnado dentro de mi corazón. Y este silencio no es nada más que un anticipo del silencio que espero más allá de los umbrales de la muerte.

                Desgraciadamente hoy nos han robado el silencio. El ruido es la mayor conquista del mundo moderno. El ruido es todo aquello que nos dispersa y descentra de la presencia de Dios. ¡No dejemos que nos roben el silencio! ¡No dejemos que nos impidan oír las hondas del Cielo y procuremos que nuestra vida se remanse como solo Dios con su presencia lo sabe hacer!

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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