El realizador Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez, adquirió cierta notoriedad a comienzos de siglo con unas películas centradas en las vidas de mujeres, destacando por su sensibilidad para retratar el alma femenina. Nueve vidas, Madres e hijas, Cosas que diría con solo mirarla, son películas que retratan la finura y sensibilidad de su director.

Después de varios años de silencio, vuelve a dirigir una película. Y lo hace desde un registro muy diferente. Rodrigo García se une a la larga nómina de realizadores que se han acercado a la figura de Jesús de Nazaret. En este caso, centra su atención en un episodio concreto: la estancia de Jesús en el desierto antes de iniciar su vida pública. O mejor aún, en el tramo final de su paso por los lugares áridos del desierto de Judea (en este caso rodado en uno de los desiertos de California). Como sabemos la descripción de este episodio es muy escueta en los evangelios. Rodrigo García prescinde de lo que ya sabemos (las propuestas que tientan a Jesús) y se fija en un episodio fruto de su imaginación, pero coherente, a mi parecer, con la imagen del enviado del Padre.

“Padre, ¿dónde estás?”. Son las primeras palabras pronunciadas por Jesús en la película. Y podemos entenderlas como una clave de comprensión del relato. Jesús deambula por los paisajes terrosos y áridos aparentemente sin rumbo fijo, protegiéndose del calor o del frío nocturno. Cuando se cumple su tiempo y, tal vez sin respuestas aún claras, decide abandonar el desierto se encuentra con un matrimonio y su hijo adolescente. La madre está gravemente enferma y pasa todo el día dormitando en el interior de la tienda donde viven, incapaz de valerse por sí misma. El padre y el hijo están construyendo una casa donde éste pueda vivir en el futuro; es una empresa inconsistente porque el joven desea abandonar el desierto y dirigirse a Jerusalén. Sin embargo, los silencios que modulan su relación impiden que pueda manifestar su intención a su padre. Tras ser objeto de la hospitalidad de la familia, que reciben a Jesús con afabilidad y le prodigan las atenciones que su situación les permite, el hombre santo (como le llama el padre) decide proseguir su viaje. Pero apenas ha emprendido la marcha vuelve sobre sus pasos y se queda con ellos para ayudarles a construir la casa y, sobre todo, para recomponer la inestabilidad que parece adueñarse de la familia: la salud quebrantada de la madre, y los silencios antes mencionados que se han aposentado entre padre e hijo, quebrando la normalidad de sus relaciones. En medio de ello, la presencia del demonio (a quien interpreta EwanMcGregor que se desdobla en el doble papel de tentador y tentado) que plantea dudas y quiere quebrar las certezas o la confianza de Jesús. En el curso del diálogo de ambos se subraya la relación de Jesús con el Padre (a quien el demonio critica con aspereza) y, a modo de analogía, se fija la atención en la relación de ese padre, en el fondo cariñoso y preocupado, con su hijo, que persigue otros intereses y tiene otros deseos distintos a los de su padre.

No es una película fácil, en cuanto abundan los silencios, diálogos de cierta hondura, y una cadencia lenta, a tono con la vida en ese lugar sin comodidades. No obstante, es recomendable su visión.

Los últimos planos de la película nos acercan a la muerte y sepultura de Jesús. Finalizar así puede dar lugar también a indagar las razones que Rodrigo García ha tenido para hacerlo, y puede contribuir a interpretar toda la película desde la fidelidad de Jesús al Padre, que le lleva a la entrega de su vida.

 

Antonio Venceslá, cmf

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