La virtud es como la actitud acendrada en el hombre que hace posible las buenas obras. Pero Claret también hablaba en las conversaciones familiares de las buenas obras como los frutos de los árboles (cf. Aut. 336). Claret no hace más que tomar el ejemplo del recurso frecuente en la predicación de Jesús y de Juan Bautista.

                Se hace urgente en nuestra vida las buenas obras. Juan Bautista lo llega a decir con palabras contundentes como “dad el fruto que pide la conversión… Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto bueno será talado y echado al fuego” (Lc 3,8-9). Jesús con un lenguaje más suave pide la misma radicalidad: “Plantad un árbol bueno y el fruto será bueno; plantad un árbol malo y el fruto será malo; porque el árbol se conoce por el fruto” (Mt 12,33).

                El mensaje de hoy no puede ser más claro y sencillo: hacer buenas obras. Hacer el bien es como subir cuesta arriba y hacer el mal es como dejarse llevar cuesta abajo. Pero cuando la virtud está trabajada y bien acendrada, las buenas obras, como los frutos de los árboles, empiezan a salir de la forma más natural. Como todo buen fruto, nuestra presencia desprende un “aroma” especial, llevamos al mundo el “buen olor de Cristo”. No hay nada más agradable que la persona amable, atenta, cordial, laboriosa y siempre dispuesta a la ayuda a los demás. Sus obras y gestos son como el fino incienso que se eleva hacia el cielo.

                Pero hoy en día se da también el fenómeno de los frutos transgénicos, son frutos híbridos, de buena apariencia pero insípidos y de poco sabor. Algo parecido se da en la conducta humana cuando –insisto- no estamos arraigados en la virtud y no tenemos una profunda vida espiritual. El corazón humano, cautivado por el ego, actúa aparentemente bien, pero movido por intereses espurios y personales. El fruto de estas obras más tarde o temprano desvela su amargo sabor.

                La característica de todo buen fruto es “darse”. Que no nos pase como aquella “higuera” que no dio su fruto al Señor (cf. Mt 21,18-19). El Señor es exigente en este sentido con nosotros y pide frutos de buenas obras a tiempo y a destiempo, lo mismo que a la “higuera” le pide fruto no solo en verano, lo cual es normal, sino también en invierno.

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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