El tema de hoy desprende belleza y luz. Se trata de la virtud. Claret compara las virtudes con las flores hermosas y olorosas y los frutos de los árboles (cf. Aut. 336). Llega a decir que “la rosa nos enseña la caridad, la azucena la pureza, la violeta la humildad, y así todas las demás”. Es una bella comparación de lo que ha de ser el hombre, y de una manera particular el cristiano movido a configurarse con Cristo.

                No hay que confundir virtud con valor. A veces se oye decir “se están perdiendo los valores”; entendemos lo que se quiere decir, sin embargo los valores no se pierden sino que se estiman o desestiman. La experiencia de vida nos lleva a estimar un valor como algo bueno, y esto nos conduce al firme propósito de reproducirlo en nuestra vida con obras y acciones. Estas obras y acciones serían las que definen las virtudes del hombre. Así podemos decir que a las virtudes se llega por la ejercitación y el hábito, y una vez alcanzadas estas buenas obras hay que seguir manteniéndolas. La persona virtuosa siempre se puede desvirtuar; exige tensión. De aquí la necesidad de contemplar continuamente a Cristo, el camino y la meta de toda virtud cristiana. A la persona virtuosa se le conoce por sus frutos (cf. Mt 7,16).

Resumiendo, podemos decir que la virtud se alcanza cuando contemplamos a Cristo, y movidos por el deseo nos ejercitamos en su forma de obrar hasta generar un hábito, aunque nunca estamos exentos de tensión y lucha para evitar el peligro de desvirtuarnos. Por eso la vivencia de la virtud exige esfuerzo y sacrificio, algo tan denostado hoy en el sistema educativo escolar y familiar.

                Para Claret nosotros somos la planta, y esta planta se embellece con su flor, la virtud. De manera que la virtud está ligada a lo bello. Es curioso que los niños pequeños empiecen a educarse en una ética por la “est-ética”. Ellos no dicen que algo es bueno o malo, conceptos muy complejos para ellos, sino que identifican lo malo con lo feo y lo bueno con lo bello.

                Hay muchas virtudes, pero todas se agrupan entorno a las cuatro virtudes cardinales que orientan las cuatro facultades fundamentales del hombre: la prudencia que orienta el entendimiento, la justicia la voluntad, la fortaleza el apetito de bienes arduos y la templanza el apetito de bienes placenteros.

Lo contrario a la virtud es el vicio, por el que es fácil deslizarse cuando la “atmósfera” que respiramos es contraria a la virtud. Desgraciadamente respiramos una “atmósfera social” tremendamente erotizada, acomodada y materializada. Por eso la vivencia de la virtud solo estará al alcance de aquellos cristianos “fuertes” que tengan el valor y el arrojo de desconectar con este ambiente hostil al creyente y centrar todos sus sentidos y potencias en el Dios de la vida.

¿Eres tú uno de estos?

Juan Antonio Lamarca cmf.

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