Durante la segunda guerra mundial, el ejército alemán ocupó Dinamarca. Como medida defensiva colocó miles de minas en la costa occidental danesa, en previsión de un posible ataque aliado por la zona. Terminado el conflicto, unos 2.000 soldados alemanes prisioneros (muchos de ellos casi niños reclutados en las últimas semanas de la guerra) fueron obligados a limpiar las playas detectando y desactivando las minas. Casi la mitad de los que se ocuparon en esa tarea murieron mientras la realizaban.

Este es el telón de fondo en el que se sitúa la narración que desarrolla Bajo la arena, película candidata en la última edición de los Oscar al premio a mejor película extranjera, galardón que recayó finalmente en El viajante, que comentamos la semana pasada.

Los protagonistas son un pequeño grupo de soldados alemanes, apenas salidos de la adolescencia, obligados a limpiar de minas una playa y el sargento danés encargado de su custodia. La primera secuencia de la película nos muestra a éste último manifestando un odio feroz al ejército alemán derrotado que abandona el país que habían ocupado durante cinco años. Esta actitud agresiva sigue manifestándola en sus primeros encuentros con los jóvenes soldados que han puesto a su cargo. Les humilla e insulta, manifiesta de diversos modos su rechazo y desprecio, se despreocupa de la situación en que se encuentran (sin comida) y, en suma, es indiferente a la suerte que puedan correr. Los jóvenes soldados realizan su tarea animados por la promesa de que les permitirán regresar a sus casas al finalizarla. Diversas circunstancias van acercando poco a poco al hosco sargento a los jóvenes; podemos observar cómo se humaniza y se conmueve ante esos jóvenes, víctimas de un conflicto que no provocaron.

No son pocas las películas que podemos calificar de antibelicistas. De la larga lista podemos recordar Feliz Navidad, retrato de un hecho sucedido en la primera gran guerra (a la que Bajo la arena recuerda en la secuencia del partido de fútbol en la playa). Una constante de ellas es la anulación de las diferencias. Los contendientes del conflicto dejan de ser puros antagonistas para convertirse en seres humanos con necesidades y sentimientos parecidos, que les acercan e identifican como parte de un colectivo más amplio que la nacionalidad a la que pertenecen. El sargento se humaniza y llega a tomar seria preocupación por la suerte de los jóvenes supervivientes. Frecuentemente, en estas películas abundan también seres de mente estrecha (generalmente, como en este caso, oficiales de superior graduación) que niegan cualquier atisbo de compasión, movidos por un rigor extremo, que trasluce su escasa inteligencia y alto desinterés por la vida humana.

 

Antonio Venceslá, cmf

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