“¡Señor mío y Dios mío!”.

El Evangelio nos dice que “las puertas estaban cerradas”. Los discípulos están atemorizados y por eso se esconden y echan llaves y cerrojos. 

Pero Jesús se hace presente sin necesidad de abrir las puertas y, precisamente porque Jesús se hace presente, las puertas se abren de par en par. 

La fuerza del Espíritu de Jesús hace valientes a los cobardes.

El Espíritu que reciben unos discípulos llenos de miedo los convierte en Apóstoles que se lanzan por todo el mundo a proclamar la Buena Noticia del Evangelio. 

Es posible que también hoy muchos cristianos cerremos puertas y ventanas y pueda con nosotros el miedo como pudo con los discípulos. 

Con el incrédulo Tomás, cuya fiesta hoy celebramos, vamos a confesar abiertamente nuestra fe en nuestro Señor y Dios y vamos a ser valientes para sentirnos enviados por Jesús a anunciar su Resurrección. 

Buenos días.

Antonio Sanjuán, cm

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