Cuando me extravío en la selva cibernética, a veces desde la pantalla de mi ordenador se me pide que haga una marca en la cajita que dice “No soy un robot”. Últimamente siento rabia al colocar la tilde para confirmar que no. No soy una máquina automática programable. No, no soy robot ni centauro. Soy humano.

No soy robot porque tengo inteligencia, reflexiono y distingo, aprendo y desaprendo. Hay momentos en los que me lío y me ofusco. Otras veces, intuyo y entiendo con claridad y de golpe lo que tanto me costaba comprender. Es verdad que ya voy perdiendo memoria. Se me olvidan cosas. Pero las fundamentales son imborrables y, además, las modifico y enriquezco. No soy un archivador neutro. Clasifico, comparo y hago crecer mi mundo interior. Tiemblo de emoción cuando me asomo al misterio de la vida y contemplo esa sabiduría superior y amiga que me supera y envuelve,… en ella descanso sin necesidad de comprobaciones ni evidencias… Tengo a Dios cosido en el alma y eso me basta. Porque a Dios no se le puede entender, sino solamente amar.

No soy robot porque tengo sentimientos,… tan imprevisibles y absurdos a veces. Aún no puedo mantener en equilibrio una ecuación sostenible entre cabeza y corazón. En ocasiones, me emociono hasta las lágrimas, y en otras, me deprimo ante un contratiempo enano. No soy de plasma, ni de metal plateado. Siento ternura y también miedo, que en ocasiones se convierte en pánico. Me enfado y, a la vez, soy capaz de dibujar en mi rostro la sonrisa más luminosa. Mi alma con frecuencia rueda por los suelos y, casi siempre, se levanta sacudiéndose el polvo del amargor. Sé mirar a los ojos y avergonzarme al colocarme ante el umbral de una intimidad próxima. Me decepciono y me motivo, alternadamente, sin un programa prefijado ni un calendario previsto. Tengo un corazón que late de amor.

No soy un robot porque puedo decidir sin que nadie me dirija por telemando. Aunque algunas sean equivocadas, todas mis resoluciones están desinfectadas de raíz porque no me mueve un control remoto. Es verdad que dependo de unos en muchas cosas, que otros me influyen y condicionan, que a alguno le concedo a ratos un indebido poder. Pero no pierdo con ello mi libertad para lidiar con los embates de la vida. Soy realista pero sin renunciar a mis ilusiones; ellas despiertan en mí fuerzas dormidas. Cuánto quisiera mantener una palabra dada o cumplir mis propósitos sobre todo cuando exigen grandes esfuerzos… pero a pesar de mis contradicciones sigo siendo el arquitecto de mi propio destino.

Podré mejorar o empeorar, pero nunca seré un robot. He de realizarme con mi estatura, con mi origen, con mi inteligencia, con mi fe, con mi carácter porque no puedo construir sobre otro terreno. Pero ni soy ni seré un robot.

Juan Carlos Martos, cmf

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