El cine iraní ha ocupado en las últimas décadas un lugar de privilegio en el panorama internacional. Sus películas han sido a menudo premiadas en festivales y obtienen un reconocimiento que no se corresponde siempre con el favor del gobierno de Irán, que impide viajes al extranjero de sus responsables, o les confina y dificulta rodajes en su propio país. Abbas Kiarostami, Mohsen Makhmalbaf, Jafar Panahi o Asghar Farhadi son ejemplo de este cine lleno de brío y elocuencia.

El viajante, última película de Asghar Farhadi, ofrece una historia con distintas aristas que pretende transmitir un mensaje complejo expresado a través de los sentimientos no suficientemente explícitos de sus protagonistas. Es mucho lo que no se dicen; también pesa mucho lo que sienten.

Un edificio en peligro de derrumbe y la necesidad de que los inquilinos lo abandonen es el punto de partida de la película. Los protagonistas, un profesor de literatura y su esposa, ambos actores aficionados, han de buscar nuevo alojamiento. En el piso que alquilan aún se encuentran las pertenencias de la anterior ocupante, de la que comienzan a recabar datos de su vida licenciosa. Precisamente, el carácter de la anterior inquilina, da pie a un suceso dramático (la agresión sufrida por la esposa mientras se duchaba en el piso alquilado) que introduce la inestabilidad en la aparentemente tranquila vida de la pareja. Ella quiere olvidar y pasar página. No desea remover lo sucedido, apenas habla de ello y desea superar las secuelas físicas y psicológicas que el percance le ha provocado. Él, un hombre cultivado, profesor de instituto, protagonista de la obra que están representando (Muerte de un viajante, de Arthur Miller), se resiste a hacerlo y comienza a investigarcon el propósito de encontrar al responsable, con la pretensión manifiesta de escuchar sus alegaciones y recibir sus excusas. Sin embargo, cuando finalmente lo encuentra y se enfrente cara a cara con él, la realidad es otra: busca una venganza necesaria para limpiar su honor herido. Así, el peligro de derrumbe de la casa se convierte en una metáfora del progresivo derrumbe de la vida en común. La mujer humillada asiste al progresivo deterioro moral de su esposo; se siente incapaz de reconocerse en sus pretensiones y rechaza su modo de actuar hasta el punto que la situación lleva al naufragio su relación.

Todo queda retratado con planos estáticos, fiados en la capacidad interpretativa de los protagonistas (él mereció el premio como mejor actor en el festival de Cannes), que muestran el dolor interno que sufren. Por otra parte, el guion no es suficientemente claro en la presentación de las razones que mueven a los protagonistas a actuar como lo hacen, centrando más la atención en las consecuencias. Tal vez, el deseo de ofrecer al espectador amplio margen para la reflexión pueda explicar este modo de actuar.

 

Antonio Venceslá, cmf

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