Son muy frecuentes las noticias que hablan de personas arruinadas por la rigidez y avaricia de entidades bancarias, sistemas de financiación aparentemente productivos que se convierten en trampas preparadas para captar a los incautos. Es un tema serio. Demasiado serio por las tristes consecuencias que tiene para quienes son perjudicados. En nuestro país abundan situaciones así. Y también en otros lugares. Comanchería es una película que denuncia estas situaciones. Pero lo hace con estructura de western, o policiaco, con el telón de fondo de los paisajes terrosos y áridos del estado de Texas, en Estados Unidos.

Dos hermanos, una hipoteca por saldar, el descubrimiento de las artimañas del banco para quedarse con la tierra de la familia. Y a partir de aquí, la búsqueda de soluciones les conduce a la única posible: robar los bancos que les han puesto en esa situación. Atracos y huidas, blanqueo del dinero en un casino situado en una reserva india (algo tiene que ver en la elección del extraño título de la película) y poco a poco van reuniendo el capital necesario para afrontar sus problemas. Son dos hermanos muy distintos, de caracteres bastante opuestos, pero que se guardan un profundo respeto y cariño.

Y junto a ellos, otros dos personajes, en apariencia antagónicos, pero que construyen una relación basada en el afecto mutuo: los dos policías que investigan los robos y persiguen a sus autores. Uno de ellos (interpretado por Jeff Bridges) aporta conocimiento y sabiduría añeja producto de una larga vida en contraste continuo con delincuentes. El otro, de origen hispano, le acompaña y soporta de buen grado las bromas y comentarios malintencionados (o quizá no tanto) del primero.

Pero la película no ahonda demasiado en el tira y afloja de perseguidores y perseguidos hasta su último tramo. Gran parte de ella se detiene en relatar, casi justificando (o sin casi) las medidas tomadas por los dos hermanos para no perder la herencia familiar, y poder dársela a los hijos de uno de ellos.

Comanchería entretiene. Otorga una estructura ágil y un acercamiento digerible a un tema espeso e indigesto. Por eso facilita acercarse a ella y entretener casi dos horas de nuestro tiempo disfrutando de la venganza inteligente de un desahuciado.

 

Antonio Venceslá, cmf

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