Ayer, 11, la Santa Iglesia, Madre y Maestra, nos bendijo con la memoria de un santo altamente contemplativo: San Benito abad. Alguien que, con su famosa Regla monacal, dio forma a innumerables familias religiosas y, por lo tanto, ha sido germen de mucha santidad. Este bendito fraile, padre del monaquismo occidental, ha tenido tanta influencia que con razón fue nombrado por S. Juan Pablo II como Patrono de Europa.

De su vida rescatamos aquí un “simpático milagro” que propició su hermana Escolástica. Ésta, quería pasarse la noche con él conversando sobre Dios, ante el presentimiento de su muerte. A esta propuesta San Benito le contestó: “¡Qué disparate, hermana; yo no puedo pernoctar, aunque sea el Abad (y precisamente por ello), fuera del convento”. Respuesta de su hermana: “Entonces, recurriré a mi Dios”. Resultado: una impresionante tormenta con espectacular aparato eléctrico que le impidió abandonar el recinto al otro lado del río y le obligó a quedarse allá. “Te suplicaba, hermano mío, y no has querido aceptar. He suplicado a mi Señor, y él sí que me ha escuchado. Ya lo ves… Márchate, si puedes ahora…”, fue la fina observación de Santa Escolástica.

 

Porque no hay “mejor regla” que seguir los dictados que nacen del encuentro con Dios en la oración. Por cierto, ¿cómo llevas tú tu vida de “escucha” del Padre?

 

Antonio Bolívar, cmf

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