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“Una voz que me dice…”

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

25 de Junio de 2017: XII DOMINGO TIEMPO ORDINARIO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Mt 10, 26-33

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

La expresión “no tengáis miedo” que se repite tres veces, se usa frecuentemente en el Antiguo Testamento para asegurar la ayuda divina. Ahora estas palabras de consuelo se dirige a los discípulos para que superen el miedo y la angustia que trae consigo la persecución.

Jesús sabe que la misión de los discípulos estará marcada por la persecución; por otra parte “el discípulo no es más que su maestro” y el Maestro será rechazado y lo mataran. Jesús exhorta a los Doce a ser valientes, a no tener miedo, confiando en el Padre que los cuida y los protege, que los conoce y los ama personalmente. La persecución se desencadenará contra los discípulos de Jesús porque la palabra que anuncian es palabra de verdad que desenmascara mentiras, coartadas y componendas, muy preciadas para quienes no quieren convertirse al amor. Sin embargo, tienen que proclamar la a todos, y la verdad prevalecerá, como la luz sobre las tinieblas. La misión de dar testimonio de Jesús y anunciar su Palabra no está reservada a un círculo restringido de personas, sino que, de hecho, cada discípulo -uniendo su suerte a la des maestro- es constituido en testigo y apóstol. Propio del testimonio, y así lo establece Jesús, es la comunión real y la pertenencia recíproca con él. Si alguien no da testimonio de Jesús siempre, no será reconocido como discípulo suyo delante del Padre.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

“No tengáis miedo”: ¿Hasta qué punto tenemos miedo de expresar públicamente nuestra fe?

No temáis: vosotros vleis más que todos los pájaros”: ¿Cuáles son tus miedos más habituales? ¿Cómo te ayuda a superarlos el Dios que se revela en este pasaje?

“Si alguno se declara a mi favor… yo también me declararé a su favor”: ¿En qué medida coloco las decisiones que tomo en vida a la luz del juicio de Dios?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

Para vencer las dificultades que encontramos en nuestra vida cristiana es fundamental sabernos amados de un Dios Padre que cuida de los detalles más insignificantes de su creación. Esta certeza de fe la alimentamos en la oración, en el encuentro personal con ese Padre providente.

Expresamos en voz alta NUESTRA ORACIÓN a partir de lo que nos haya sugerido este pasaje.

¡Hazme testigo de tu Evangelio, Señor!

Dame ánimo para no negar que te conozco cuando se burlen de ti hablando como de un mito y de tus seguidores como gente alienada.

Dame fuerza para no acobardarme cuando me percato de que ser coherente con tu enseñanza puede significar pérdidas y obstáculos en la sociedad.

Dame la alegría de saber que estoy contigo cuando dejo a los amigos que consideran una pérdida de tiempo la oración y la eucaristía.

Dame el valor de superar los respetos humanos y no avergonzarme del Evangelio cuando ser fiel comporta sentirme “diferente”de la gente que crea opinión y costumbre.

¡Hazme testigo de tu amor, Señor!

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

“Proclamadlo desde las azoteas”: ¿Qué invitación percibes personalmente y como cumunidad cristiana al leer este pasaje?

No tengaáis miedo a los que matan el cuerpo”: ¿Somos conscientes de que vivimos rodeados de cosas que nos cuidan el cuerpo y nos pueden matar por dentro? ¿Qué podemos hacer?

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