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«Una voz que me dice…»

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

18 de Junio de 2017: DOMINGO DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Jn 6, 51-59

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

El evangelio de Juan presenta a Jesús como el verdadero pan bajado del cielo. Su carne y su sangre son el auténtico alimento que procura la vida verdadera. Las referencias eucarísticas del pasaje saltan a la vista. El evangelio de Juan no incluye un relato de la institución de la eucaristía semejante al que encontramos en Mateo, Marcos o Lucas. Pero casi todo su capítulo sexto está ocupado por un discurso de Jesús que nos ayuda profundizar en el sentido de este sacramento. El capítulo sexto del evangelio de Juan contiene la narración del signo de la multiplicación de los panes (Jn 6,1-15) seguida de un discurso en el que se revela su intención más profunda (Jn 6,26-59). En él, Jesús se identifica con el alimento («pan») que Dios ha dado a la humanidad («bajado del cielo») y que es preciso asimilar mediante la fe («comer») para tener vida eterna. La última parte de este «discurso del pan de vida» -que es la que acabamos de leer- suele conocerse como «discurso eucarístico» debido al vocabulario que utiliza De hecho, tanto el primer versículo (v. 51) como el último (v. 58) resumen las ideas fundamentales que Jesús ha desarrollado antes. Se debe interpretar, por tanto, en continuidad con el resto del discurso, sin olvidar por ello su dimensión eucarística.El discurso da un salto cualitativo cuando Jesús asegura que ese pan que él da es su «carne». Para entender el alcance de esta afirmación hay que recordar que, según la visión bíblica, la «carne» designa a la persona entera en su condición mortal. Por eso, el evangelio de Juan utiliza esta palabra para certificar que el Verbo de Dios se humanizó hasta las últimas consecuencias (Jn 1,14). O sea, que el pan del que habla Jesús es él mismo, su propia vida entregada totalmente desde su encarnación hasta su muerte. Una entrega libre pues es él quien “da” ese mismo pan, d´sndose a sí mismo “para la vida del mundo”. No es esta la única vez que el “discurso del pan de vida” suscita la incomprensión y el rechazo de los oyentes (6,41.60.66). En nuestro caso, parece ser el realismo de lenguaje lo que provoca el escándalo de los judíos. Pero no sabemos lo que se esconde tras su intenso debate sobre las palabras de Jesús. Quizá las toman al pie de la letra y las reducen a su sentido materialista. O, por el contrario, han captado perfectamente su significado simbólico y rechazan a Jesús como Salvador crucificado. En todo caso este malentendido dará lugar a una aclarión por parte de Jesús. En ella se habla de las consecuencias que tiene para el creyente “comer” y “beber” su “cuerpo y su “sangre”. La explicación que Jesús ofrece a los judíos repite las expresiones que les han irritado tanto. Y no sólo eso, pues a la invitación a “comer la carne” se añade también la necesidad de “beber la sangre”, algo abominable para la mentalidad bíblica. En efecto, la sangre era identificada con la vida y, por lo tanto, pertenecía a Dios. Por eso cuando se sacrifica una víctima en el templo, su sangre era derramada sobre el altar, pero jamás consumida. Jesús, en cambio, insiste en que su carne y su sangre son “verdadera” comida y “verdadera” bebida capaces de saciar. Él es la victima inmolada cuya muerte violenta se ha convertido, paradójicamente, en fuente de vida. Pero no de humana vida puramente humana, sino de la misma vida del Hijo del hombre, la que merece el calificativo de “eterna” y se concreta en la promesa de la “resurrección” Los w. 56-57 dan un paso más al explicar los efectos que produce en el discípulo participar de esta comida. Dice Jesús: el creyente «vive en mí y yo en él». Esta afirmación resulta chocante desde el punto de vista natural, pues aquí es el «alimento» el que asimila al «alimentado». Todo ello nos obliga a buscar el sentido profundo de estas palabras, seguramente inspiradas en las «fórmulas de alianza» del Antiguo Testamento. En ellas se establecía un pacto entre Yavé e Israel: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jr 31,33). Pero Jesús va más allá al plantear una relación de mutua intimidad que elimina toda distancia entre él y el creyente, ya que ambos habitan el uno en el otro. Esta imagen habla de la comunión recíproca con Cristo que debe caracterizar la vida del discípulo (Jn 15,4-7). Más todavía, esta «nueva alianza» apunta hacia el misterio de la Trinidad, pues está inspirada en la vinculación perfecta que el Hijo mantiene con el Padre, que es origen de toda vida y la transmite al creyente por medio de Jesús. Es imposible leer estos versículos sin pensar en la eucaristía. En ella se actualizan sacramentalmente la muerte y la resurrección de Cristo. Al comer materialmente un pan que es su «carne», nos solidarizamos con esa entrega total mediante la que Jesús nos ha comunicado su propia vida por amor. Lo que nos recuerda el «discurso eucarístico» es que este gesto litúrgico se convierte en un gesto vacío si no va acompañado de una verdadera adhesión creyente a su persona.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

Si la celebración de la eucaristía no es expresión auténtica de nuestra fe en Jesús y de nuestra profunda comunión de amor con él, se transforma en un simulacro. Comemos su carne y bebemos su sangre, pero nos desentendemos de su entrega por nosotros. Vamos a misa, pero no tenemos nada que ver con él.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo”: ¡Qué aspectos del misterio personal de Jesús has descubierto hoy con más claridad’

El que come mi carne…vive en mí y yo en él”: ¡Vives la celebración de la eucaristía como un rito litúrgico rutinario o es expresión de tu fe en Jesús’ ¡En qué notas que la comunión eucarística “alimenta” tu relación con él’

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

ORAMOS espontáneamente y compartimos nuestra oración…

Canto:

Una espiga dorada por el sol, el racimo que corta el viñador, se convierten ahora en pan y vino de amor en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Compartimos la misma comunión. Somos trigo del mismo sembrador, un molino, la vida, nos tritura con dolor Dios nos hace eucaristía en el amor. Como granos que han hecho el mismo pan, como notas que tejen un cantar, como gotas de agua que se funden en el mar, los cristianos un cuerpo formarán. En la mesa de Dios se sentarán. Como hijos, su pan comulgarán. Una misma esperanza, caminando, cantarán. En la vida, como hermanos se amarán.

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

«El pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo»: ¿En qué sentido te ayudan estas palabras a orientar tu compromiso cristiano? ¿Qué significaría según ellas vivir «eucarísticamente»?

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