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Una voz que me dice…”

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

11 de Junio de 2017: DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Jn 3, 16-18

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

Estos pocos versículos forman parte de la entrevista nocturna entre Jesús y Nicodemo que podemos leer en Jn 3,1-21. A través de este diálogo con un destacado representante del fariseísmo, el evangelista refleja el debate existente entre la comunidad cristiana y el judaismo oficial de su época, que se negaba a acoger el testimonio de Cristo. Jesús trata de hacer entender a Nicodemo que él es mucho más que un maestro que enseña de parte de Dios o un taumaturgo que hace milagros en su nombre. Es el Hijo que revela lo que ha visto junto al Padre. No basta, por tanto, con admirar sus signos o reconocer la autoridad de su doctrina (Jn 2,23-25). Es necesario creer en él como condición para entrar en el Reino de Dios y acceder así a la salvación. Ése es el tema de fondo que recorre toda la conversación.

Como es usual en él, el evangelista juega con el doble sentido de las palabras, dando pie a malentendidos que precisan una aclaración posterior. A través del lenguaje de los símbolos, a veces enigmático y misterioso, Jesús explica a Nicodemo que para acoger esa revelación de la que él es portador es preciso «nacer de nuevo» (o bien «nacer de lo alto», que es el otro posible sentido de la expresión griega original). Este nuevo nacimiento que supone la renovación radical de la persona es, por tanto, obra de Dios, que, por medio «del agua y del Espíritu», engendra y comunica así su misma vida -la «vida eterna»-al creyente. Se trata, pues, de un nacimiento espiritual que se celebra en el bautismo e inaugura una existencia marcada por la fe en Jesús.

Nicodemo es «maestro de Israel» (Jn 3,10), pero no sabe de qué manera se realiza ese «nuevo nacimiento». Por eso pregunta: «¿Cómo puede ser esto?» (Jn 3,9). Con fina ironía, Jesús le echa en cara su ignorancia y comienza así un monólogo en el que explica cómo ha acontecido la salvación, vinculándola a su propia muerte (Jn 3,14-21). El pasaje que nosotros hemos leído debe ser comprendido en este contexto próximo y viene a ser una explicación de los versículos precedentes, donde la crucifixión de Jesús, humanamente escandalosa, es contemplada como exaltación pascual y fuente de vida eterna (Jn 3,14-15).

El pasaje evangélico de hoy comienza con una afirmación sorprendente (v. 16). De hecho, es la única vez que el evangelista utiliza el verbo «amar» para hablar de la relación entre Dios y el mundo. Queda claro, en todo caso, que la iniciativa de la salvación parte del Padre, que su motivación no es otra sino el amor que siente hacia la humanidad entera y que la finalidad de su actuación es salvar, nunca condenar; es decir, comunicar su misma vida: eterna, auténtica, plena…, una vida que ya no puede ser amenazada ni vencida por la muerte. Para realizar ese proyecto a favor del género humano da lo mejor que tiene, a su Hijo único, de modo que el mundo se salve por medio de él. Se descubre así el sentido más profundo de la misión de Jesús. Su entrega total hasta la muerte no fue el resultado de una fatalidad o de la traición de Judas, ni siquiera de una decisión personal suya. Es el Padre quien lo ha enviado como don. No cabe por su parte mayor prueba de amor.

Dios no desea condenar a nadie, pero hay que dejarse salvar por Él. Su oferta de vida eterna está siempre abierta, y puede ser acogida o rechazada por el ser humano. Se trata de una elección fundamental que orienta la propia existencia hacia la vida o hacia la muerte. La posible condenación es, por tanto, fruto de la decisión libre y personal de cada uno. Por eso, para el evangelio de Juan, el juicio no es un acontecimiento futuro, sino que se realiza en el presente. Es cada persona la que -por decirlo así-se juzga a sí misma optando entre la fe o la incredulidad frente a Jesús, el Hijo que nos revela al Padre. Creer o no creer en Cristo equivale a aceptar o rechazar el amor de Dios, que lo ha enviado para salvar y dar sentido a la vida humana. Los versículos siguientes, no incluidos en la lectura litúrgica, explican mejor las razones de esa posible condenación (Jn 3,19-21).

La síntesis de la fe cristiana que se recoge en estos pocos versículos es perfecta, aunque muy condensada. En ellos aparece claramente cómo se han implicado el Padre, el Hijo y el Espíritu (Jn 3,5) en la salvación de la humanidad y cómo ésta debe acoger ese don desde la fe. Por desgracia, el ser humano se autoexcluye muchas veces de esta oferta salvífica y se aleja de la luz, condenándose a sí mismo a las tinieblas, al sinsentido. En eso consiste el juicio. Ojalá que nosotros, bautizados en el nombre de la Trinidad, vivamos coherentemente nuestra fe de modo que pueda ser para nosotros fuente de vida verdadera.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

Como Nicodemo, busco en Jesús aclarar mis dudas y encontrarle a Él para seguirle decididamente. Tal vez a mí también me cercan las dudas de la noche. Pero, tengo la total confianza de que Él me da su amor y con esto es suficiente para que crea en Él y que, en consecuencia, confíe totalmente en su Amor.

Todos mis temores, complejos y depresiones desaparecen cuando me siento envuelto en este inmenso océano del amor de la Trinidad. Los tres divinos están en mí desde el bautismo. Y dentro de mí se comunican y se aman. Y yo me dejo acunar en esa gratuita oleada de amor.

Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único: ¡Cómo te ayuda este texto evangélico a entender mejor el misterio de la Sabtísima Trinidad’

…para que todo el que crea en él… tenga vida eterna: : ¡Qué significa para ti que la fe es fuente de vida’ ¡Cómo lo experimentas en tu vida cotidiana’

«El que cree en él no será condenado»: ¿Qué motivos de esperanza te aporta la meditación de estas palabras?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

La fe con la que respondemos al amor gratuito de Dios puede expresarse de muchas maneras. Una de ellas es la oración, mediante la cual entramos en ese diálogo amoroso en el que El lleva siempre la iniciativa.

Oramos espontáneamente y compartimos nuestra ORACIÓN…

La acción de gracias debe ser mi respuesta al Amor generoso y total del Señor.

A la SANTÍSIMA TRINIDAD (Beato Santiago Alberione)

Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, presente y operante en la Iglesia y en lo más profundo de mi ser; yo te adoro, te doy gracias y te amo. Por medio de María, mi madre santísima, me ofrezco, entrego y consagro totalmente a ti, por toda la vida y para la eternidad. A ti, Padre del cielo, me ofrezco, entrego y consagro como hijo. A ti, Jesús Maestro, me ofrezco, entrego y consagro como hermano y discípulo. A ti, Espíritu Santo, me ofrezco, entrego y consagro como «templo vivo», para ser consagrado y santificado. María, madre de la Iglesia y madre mía, tú que vives en intimidad con la Trinidad Santísima, enséñame a vivir, por medio de la liturgia y los sacramentos, en comunión cada vez más profunda con las tres divinas Personas, para que toda mi vida sea un «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo». Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

«Dios envío a su Hijo al mundo… para salvarlo»: ¿Qué puedes aprender de ese modo de actuar de Dios? ¿A qué te compromete como creyente?

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