Hay una edad en la vida a la que cada uno de nosotros se ve obligado a nacer. Es la edad en que el ropaje no combina con la piel, los sentimientos con las amistades, los roles con el personaje, los miedos con la alegría.

Algunos son prematuros y con apenas 14 ya están en pie. Otros, con 40, aún están por nacer. La mayoría nace entre los 18 y los 30.Yo lo hice a los 24, en pleno viaje.

Tiempo atrás había decidido salir, puede que tuviera que hacerlo. Rompí con todo y con todos, hasta casi olvidar los rostros de quienes me habían hecho daño, aquellos que, aferrados a sí mismos, me convirtieron en instrumento y me impidieron ser.

Tuve que recorrer kilómetros, cruzar un mar, para tratar de estar, al fin, sola.

Sin embargo, cuando nadie estaba ya a mi lado, el eco de las voces de mis fantasmas resonaba por dentro. Algo no iba bien. Si ellos ya no estaban, ¿por qué el dolor seguía conmigo? Tal vez era yo la que, atrapada dentro de mí misma, oprimida entre las redes de mi propia historia, permanecía inmóvil y asustada.

Pero hubo un instante, siempre lo hay, en el que decidí nacer, opté por ser libre. En ese momento, en aquel rincón solitario, descubrí a mi familia y a mis amigos, dispuestos a quererme, a ayudarme con los primeros cortes hacia la liberación.

Aquella experiencia me cambió. Desde entonces mis fantasmas tienen nombre, mi vida da fruto, y un trozo de vieja cuerda viaja siempre en mi bolsillo, recordándome que se puede vivir sin miedo, que la familia también se elige, y que la vida es mucho más que la suma de sus partes.

Ellos me ayudaron a nacer…

Martín Areta, cmf

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