Finalizando el mes de Junio contemplemos a Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia. Pedro es a modo de cimiento, piedra que sustenta, y Pablo la viga que refuerza toda la construcción. Con otro símil podríamos decir que Pedro sería la diástole del corazón, que se dilata para acoger la Verdad, la Bondad y la Belleza. Y Pablo sístole, que bombea y lanza la sangre vivificante hacia la periferia.

Pedro se llamaba Simón: “el que escucha la Palabra con atención”. Jesús le cambió el nombre, de acuerdo con su misión: “Piedra” (Mt 16, 16). Y el pequeño Pablo se llamó primero Saúl o Saulo: “el que pregunta y se pregunta”. Dos hombres tan distintos, pero unidos por una misma pasión: su Amor a Jesucristo.

Reconstruyamos algo de sus biografías con pinceladas bíblicas.

A Pablo es más fácil conocerlo por sus cartas: seis al menos de las 13 que se le atribuyen, y un relato reiterado de su conversión y misión en las Actas apostólicas.

Liberado de la férrea ley del Viejo Testamento, anuncia ahora la Buena Noticia del Evangelio que anteriormente intentaba destruir (Hch 1,23), convencido de que el bien supremo es conocer y dar a conocer a Jesucristo.

Crucificado con él, siente que su vida ya no le pertenece, y proclama el Evangelio por doquier, hasta los confines del Imperio, pues el Señor ha abierto a los paganos las puertas de la Fe (Hch 14,27).

A Pedro le vamos conociendo, paso a paso, en el relato evangélico (Jn 1,42), desde que le cedió la primacía su hermano Andrés hasta la “confesión” junto al lago de Genesaret, o al pie de la impresionante Roca de Cesárea de Felipe, donde responde a Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”.

Pedro y Pablo. Diferentes en muchas cosas pero unidos por la misma pasión: seguir al Maestro y anunciar su Reino.

Y a ti, ¿qué pasión te mueve? ¿Y sobre qué pilares sustentas tu fe?

Antonio Bolívar, cmf

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