En el film La noche se mueve (Arthur Penn, 1975), uno de sus personajes decía que “ver una película de Eric Rohmer (realizador francés que inició su carrera en el marco de la nueva ola a comienzos de los sesenta del siglo pasado, derivando después a otros territorios más personales) era como ver crecer una planta”. Apenas pasa nada, revestido todo con los ropajes de la cotidianeidad. Esto me vino a la cabeza cuando veía Paterson. Acostumbrados a llenar las películas de sucesos fuera de lo común, esperaba en cualquier momento, la irrupción de lo extraordinario. Y no llegó. Porque la narración se detiene en las vidas muy normales (no anodinas) de una pareja (él conductor de autobús, ella ama de casa), en los ritos cotidianos que marcan sus existencias. La rutina invariable de cada mañana: el despertar juntos respirando el amor que se profesan, el desayuno, el camino al trabajo, el comienzo de la jornada laboral, transportando pasajeros por las calles de Paterson, escuchando sus conversaciones y… escribiendo poemas. Porque nuestro protagonista es poeta; encuentra en los hechos más nimios motivos para glosar su particular mirada de las cosas. Al terminar la jornada de trabajo, regresa repitiendo los mismos ritos: enderezar el buzón, sacar a pasear al perro (todo un prodigio de interpretación), tomar una cerveza en el mismo bar, conversar con el dueño o algunos de sus vecinos… Ella, por el contrario, es una chica llena de imaginación, siempre con nuevas ideas, igual diseña cortinas, que cambia la decoración de la pequeña casa donde viven, cocina pasteles para conseguir algún dinero, o aprende a tocar la guitarra con el proyecto de convertirse en cantante… Sueña, y se pone en marcha para hacer posible lo que sueña. Él alimenta su entusiasmo, la apoya…

No creo que enunciar buena parte de su argumento suponga estropear el placer de verla. Paterson es casi como contemplar embelesado una pecera, con peces que se mueven al ritmo que les marca su propia biología. O quedarse quieto admirando un amanecer, o las llamas de un fuego, siempre iguales, pero nunca las mismas. Gerardo Diego escribió del río Duero que cantaba “siempre el mismo verso, pero con distinta agua”.

Los protagonistas de Paterson también cantan y viven cada día, observando cuanto les sucede, siendo distintos cada vez que él besa a su esposa al despertar y se coloca en su muñeca su reloj a las seis y media de la mañana. Es un estilo de vida feliz a su manera.

Antonio Venceslá, cmf

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