Al poco de abrirnos a la vida, los seres humanos nos solemos autodecepcionar de nosotros mismos. Es común la experiencia de comprobar cómo los ideales imaginados y los planes que nos habíamos trazado, en su mayor parte, sucumben ante la imparable apisonadora de la realidad. A su paso quedan aplastados buena parte de nuestros sueños. Y van creciendo los cardos espinosos de la resignación o del escepticismo. Las cosas verdaderamente importantes se nos escapan de las manos. ¡Qué razón tiene ese dicho inglés que sentencia que “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes de futuro”!

Aunque nadie ponen en duda que tal experiencia es tan generalizada como realista, sin embargo… ¡me parece incompleta! Es verdad que somos limitados. También es verdad que Dios todo lo puede y se basta a sí mismo; y que nosotros ya haríamos bastante con no enturbiar demasiado el mundo con nuestras ingenuas pretensiones. Pero parece que Él prefiere seguir contando con cada uno de nosotros, con nuestras nadas, con nuestras “casi–nadas”.

¿Cómo podríamos conjugar esas dos verdades: Que nada hay imposible para Dios y que, a la vez, Él quiere contar con nosotros? Yo creo haber encontrado una explicación: Aunque sean minúsculas, esas cosillas que logramos hacer, pueden llegar a ser bastante importantes. Eso precisamente es lo que recuerda una oración de cristianos brasileños que, retocada un poquitín, diría esto:

«Sé que sólo Tú, Señor, pudiste crear el mundo; pero yo puedo cuidarlo y cultivarlo.

Sólo Tú nos das la fe; pero yo puedo dar testimonio de ella ante otros muchos.

Sólo Tú es el autor de toda esperanza; pero yo puedo ayudar a un amigo a encontrarla.

Sólo Tú eres el camino; pero yo soy como un dedo que señala cómo ir hacia Ti.

Sólo Tú das el amor; pero yo puedo enseñar a otros el arte de amar.

Tú eres el único que nos das fuerzas; pero yo puedo animar a quien está desanimado.

Sólo Tú conservas y prolongas mi vida; pero yo puedo hacer que esté llena o vacía.

Sólo Tú puedes hacer lo imposible; pero yo puedo hacer lo posible.

Sólo Tú eres capaz de hacer que nazca un niño; pero yo puedo hacerle sonreír.

Sólo Tú haces crecer los trigales; pero yo puedo triturar ese grano y repartir ese pan.

Sólo Tú puedes impedir las guerras; pero yo puedo evitar trifulcas con mi vecino.

Sólo Tú das la verdadera libertad; pero yo podría visitar a presos.

Sólo Tú puedes devolverle la salud a un enfermo; pero yo puedo sentarme en silencio a su lado.

Creo, Dios mío, que Tú te bastas a ti mismo; pero parece que prefieres seguir contando conmigo, con mis nadas, con mis “casi –nadas”».

Juan Carlos Martos, cmf

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