¿Hasta qué punto la pena y el dolor pueden torturar la vida de una persona y hacerle ser casi un muerto en vida? He ahí un interrogante que planea sobre el protagonista de Manchester-by-the-sea (me resisto a utilizar el título que le pusieron para su estreno en España). Y también propone alguna vía de salida a una situación tan dramática.

CaseyAffleck interpreta a Lee Chandler, un conserje o empleado de mantenimiento de unos edificios de Boston. Cuando comienza la película, vemos su actitud fría, educada (salvo algún momento que le hace perder los papeles), pero sin calor humano. Hace su trabajo, repara averías, lleva la basura y objetos inservibles al contenedor, como una rutina que continúa en la soledad de la habitación donde vive, ocupado en ver la televisión. Es un hombre sin aparente horizonte. A lo largo de la película, sucesivos flash-backs nos explican las circunstancias que le han conducido a la situación en que se encuentra. Dolor y culpabilidad se han adueñado de su vida. Incapaz de perdonarse, vive encerrado en sí mismo, ajeno a todo y a todos.

Pero la vida quita y la vida da. En un momento dado, Lee tiene que volver al pueblo donde se originó su pena íntima, el Manchester-by-the-sea del título, y las circunstancias le obligan, a su pesar, a abandonar el círculo de egoísmo y culpa en el que está metido. No resulta fácil. Y se ve empujado a abrirse, a mirar por la vida de otro, el hijo de su hermano, a compartir preocupaciones y proponer caminos por los que conducirse. Él, que apenas puede ser guía de sí mismo, se ve concernido a guiar a otro. La empresa le resulta incómoda y difícil. Y no vamos a decir que salga airoso de todas las situaciones. Pero, poco a poco, se abre a las necesidades ajenas, sin que ello signifique dejar de lado la tragedia personal que le sigue torturando.

Hay secuencias que destacan en el conjunto. El adagio de Albinoni sirve al realizador para puntuar musicalmente un momento clave de la película. El encuentro del protagonista con la que fue su esposa constituye también uno de sus puntos álgidos. Una secuencia que habla de perdón, de la necesidad de perdonar y de perdonarse para encontrar redención. Y si eso no sucede solo queda llanto, huida, desesperación…

Todo ello es presentado sin excesos ni abuso de llamadas al sentimentalismo lacrimógeno. Quizá la frialdad del protagonista se contagia al estilo de la propia película. Pero ello no desluce el desarrollo dramático, más bien lo potencia. La interpretación de CaseyAffleck (merecedor en la última edición de los Oscar del premio al mejor intérprete masculino) transita por esta modulación de sentimientos: seco, frío, reflejo de un mundo interior en ebullición, pero que difícilmente estalla, salvo contadas ocasiones de agresividad verbal o física.

Absolutamente recomendable.

Antonio Venceslá, cmf

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.