Una vez más, el cine se hace eco de una historia real. En este caso, se trata de un niño proveniente de una pequeña aldea de India, que termina deambulando y sobreviviendo como buenamente puede en Calcuta. Es uno de los 80.000 niños que, señala la película en un rótulo final, desaparecen en las calles del país asiático, sin que sus familias vuelvan a saber de ellos. En este caso, el pequeño protagonista, después de escapar a una red de tráfico infantil, recala en un orfanato, primero, y en el hogar de un matrimonio australiano que le cuidará como un hijo. En el desarrollo de esta trama argumental transcurre la primera parte de la película, la más interesante a mi juicio, en la que podemos encontrar ecos de otras producciones, caso de Trash. Ladrones de esperanza, o Ciudad de Dios, aunque sin la carga de violencia de ésta última.

Han pasado veinte años y el joven Saroo comienza a sentir el deseo de encontrar respuestas sobre su origen, y conocer a la familia biológica que dejó atrás (su madre, un hermano mayor y una hermana más pequeña). Sirviéndose de una herramienta de búsqueda en internet emprende la investigación a partir de unos pocos recuerdos que ha conservado de su ya lejana infancia. Esto provoca en él y quienes le rodean una sacudida emocional que altera su vida.

El realizador australiano Gareth Davis se inicia en la realización de largometrajes con esta película. Y, como he dicho, la primera parte de la película es cabal en ritmo, fotografía, desarrollo de situaciones e interpretación (en esto tiene mucho que ver el niño que interpreta al protagonista). La segunda parte se hace lenta y en algunos momentos cansina, aunque el trabajo de los intérpretes consigue que se mantenga la atención. En todo caso, asistimos a una película en la que prima más el contenido (la dimensión, digamos, ética) que cuestiones formales que hagan de ella una película para el recuerdo por sus valores estéticos. Lion es una película que llega a emocionar y nos hace empatizar con el niño protagonista, representación de tantos niños y niñas que malviven en las periferias de las grandes ciudades, sometidos a dificultades y al riesgo de caer víctimas de redes de tráfico infantil. Los rótulos finales nos invitan a ahondar en esta realidad desgraciadamente de permanente actualidad.

Antonio Venceslá, cmf

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