Claret se servía de la imagen de las “campanas” para hablar de la muerte (Aut 335). Esta idea nos choca hoy en día porque hemos creado muchas censuras para hablar de la muerte. Una sociedad tan hedonista y que idolatra tanto las posibilidades del ser humano ha hecho del tema de la muerte tabú. Sin embargo, es la realidad más cierta que tenemos en esta vida. Yo no sé qué será de mí mañana, pero lo que sí tengo claro y seguro es que un día moriré.

Hace años leí un precioso libro-testimonio, “La puerta de la esperanza”, del famoso psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nájera; él relataba su experiencia con el cáncer y daba gracias a Dios por la enfermedad que le daba la oportunidad de prepararse para la muerte. Aquellas palabras me resultaban muy edificantes en aquel momento. Si es lo más cierto que sabemos de nuestra vida, ¿por qué no prepararse para ello? Siempre tendremos “campanas” que nos recuerdan este paso: la muerte de alguien conocido, nuestras limitaciones físicas, enfermedades, este mundo convulso y cambiante…

El hombre y la mujer de fe han de mirar este momento de la vida con esperanza. Cuentan que cuando San Carlos Borromeo llegó a su diócesis de Milán le enseñaron una estatua de la muerte con su guadaña, como símbolo de que la muerte siega la vida. Él mandó quitar la guadaña y ponerle una llave de oro porque, tal como comentó, la muerte es la llave de oro para la vida eterna.

Decía Jorge Manrique en el poema “Coplas a la muerte de su padre”: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar, / qu´es el morir”. La estrechez del “río” de esta vida no debe de ser impedimento, sino que nos ha de mover a la esperanza del gran “mar” que encontraremos de la eternidad en Dios. Dios es nuestra patria definitiva, y Dios es Amor. La muerte es, por tanto, la llave de oro que abre la puerta a la patria eterna y definitiva del Amor, lo que más añoramos.

Desarrollar cómo tendría que ser nuestra preparación para este momento requeriría un artículo mucho más extenso que este; sin embargo, permíteme, querido lector, que te ofrezca solo una clave con aquellos versos de Antonio Machado: “Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”. Pues sí… “ligeros de equipaje”, despojados de tanta vanidad. Ya nos lo dice el Señor: “No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo” (Mt 6,19-20).

El cristiano no debería desechar nunca la idea de la muerte, pues seguimos a un Señor que le quitó a la muerte su aguijón, para hacer de ella puerta de la esperanza.

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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